La pastorela
Jesús Domínguez Cardiel
Corría el año de 2005 y un joven recién egresado de la secundaria recibió la invitación y confianza para continuar por algún tiempo más en un proyecto que era atractivo por varias razones, algunas de ellas: por ser un grupo de casi niños y adolescentes que bailaban folclor a un gran nivel y además existía una rondalla con armonía, estudio y dedicación destacada.
Este joven, como muchos otros más, supieron desde un inicio, ya fuera de manera consciente o inconsciente que los resultados serían agradables y adecuados para las vidas de todo el grupo. Pero la época navideña de ese año se acercaba y un proyecto asomó a la ventana; se trató de una pastorela escrita, producida y actuada, principalmente por el director artístico de la compañía, la directora, el otro director y la parte nodal, es decir, los bailarines y bailarinas.
La puesta de la pastorela, según recuerda aquel joven, fue difícil, conflictiva y extenuante, pues era la primera vez que actuaban y además ante un público que no era su familia; también porque había personajes más sobresalientes que otros y por supuesto se quería contribuir de la mejor manera, es decir, el conflicto no fue por egos, no en ese momento, sino por colaborar más ampliamente.
El grupo, como ya se había acostumbrado, elaboró parte del vestuario y la escenografía, eso daba un extra y el sentido de pertenencia se mejoraba día con día, pues después de los ensayos que eran por la tarde, desde las 5 hasta casi las 10 de la noche y los sábados por las mañanas, aun salían contentos y continuaban en algunos casos con reuniones para hacer o terminar los vestuarios.
La obra terminó de montarse en los primeros días de ese frío diciembre y se informó que habrían varias presentaciones, cabe la pena destacar que el joven recuerda dos principalmente; una en Plaza de Armas de Zacatecas y la otra en la cabecera municipal de Fresnillo, aunque hubo más.
Los espacios estuvieron abarrotados por gente desconocida para la compañía y las presentaciones fueron un éxito ya que reían, cantaban villancicos y a pesar de las heladas tardes y noches, se quedaban hasta el final de la pastorela.
Los personajes principales como en toda pastorela, fueron el gran diablo, el ermitaño, los pastores chistosos y flojos, y por supuesto el ángel. Se hacían bromas de aquel momento, que tal vez hoy estén desfasadas y no sean graciosas por el contexto; en el recorrido a Belén se “visitaban” lugares de moda y se bailaba también música de aquel tiempo, acá entre nos, “pasito duranguense”.
Como ya se habrán dado cuenta, quien escribe, es aquel joven invitado por el recordado maestro Manuel Hernández de Alba quien trascendió eternamente, y la maestra Cuquis Zúñiga. Recuerdo que el mismo Manuel fue el diablo en esa y en las posteriores pastorelas, el maestro Luis Fernando el ermitaño, el ángel mi amigo Carlos y yo fui uno de los pastores con más diálogos; finalmente la maestra Cuquis detrás de escena, ayudaba en los cambios de vestuario, en la secuencia y era la encargada de los ánimos y en conjunto con Manuel, del orden.
Sin duda fue una etapa de grandes recuerdos que atesoro en mi memoria, pues fue la primera pastorela que se hizo con aquel grupo; supe que hubo otras y ahora con el fallecimiento de Manuel perdí el rastro, pero ojalá se conserve esa esencia y buen gusto para escribir y actuar.

