La leña amarillista de una cornada
Carlos Saucedo Medrano
El sábado 10 de febrero se llevó a cabo la corrida de carnaval en la Plaza Jorge, El Ranchero, Aguilar, de Tlaxcala. En el cartel se anunciaron Juan Pablo Sánchez, Sergio Flores y Alberto Ortega, con toros de Barralva en su línea de Atanasio Fernández.
Al presentar la tablilla del sexto de la tarde, Ortega se fue a la puerta de chiqueros para recibir al toro a porta gayola. El burel, al no hacer caso del movimiento del capote, se fue directo contra el diestro, mismo que resultó prendido de fea manera por el lado derecho de la mandíbula. El pitón del toro arrastró el rostro de Ortega en segundos cargados de dramatismo, bajo la zozobra y el miedo del graderío tlaxcalteca.
Mientras Alberto era atendido en la enfermería de la plaza (su pronóstico al día de hoy, sigue siendo grave), las imágenes de la cornada le daban la vuelta al mundillo de los toros a través de las redes sociales. Esas brutales instantáneas motivaron que, de sus cloacas, emergiera el más execrable cúmulo de personas regocijantes con el percance del torero.
De igual manera, otro grupúsculo de personas carentes de ética y profesionalismo, amparados bajo la guardia cobarde de un medio de comunicación, hicieron eco de manera amarillista del percance que sufrió el torero tlaxcalteca. Estos personajes siguen la cobarde línea editorial en la que un percance a un torero vende más que alguna nota relacionada a un triunfo o suceso del mismo.
Llevamos mucho tiempo en el que el toreo no ha sabido comunicar los grandes éxitos dentro del ruedo. Ya no es nota que un diestro haya salido a hombros de tal plaza, o que un recinto taurino registre grandes entradas (como el caso de la plaza México, que tuvo la asistencia de más de 120 mil personas en una semana), lo que ahora es negocio para los medios de comunicación es el percance, o la nimiedad de 10 personas manifestándose en contra de las corridas de toros.
La grave cornada a Alberto Ortega viene a recordarnos la fragilidad estructural del sector taurino en materia comunicativa. Cuando se trata de una fuerte cornada, como esta, nos vemos tibios ante las reacciones, incluso algunas mentes brillantes del mismo gremio, prefieren censurar las imágenes del suceso, no le vayamos a dar carnita a los antitaurinos.
Las cornadas vienen a reafirmar la esencia del toreo. No en balde, el célebre galeno sevillano Ramón Vila, mencionaba que había muchas artes, pero ninguna como el toreo, en la que de un momento a otro, el hombre que provoca las emociones más profundas en el tendido, puede pasar a la enfermería con una cornada que le puede quitar la vida.
Pronta recuperación a Alberto Ortega y a Héctor Gutiérrez, que el domingo anterior vertió su sangre torera en el ruedo de La México.

