Del porqué el aficionado a los toros se acerca al súper humano (II)
Carlos Saucedo Medrano
Un alud entre las vértebras me emite un punzante dolor en mi pierna izquierda. La cama se ha vuelto mi acompañante últimamente: no me separo de ella ni del control a distancia. En la televisión le ordeno a la aplicación de videos que reproduzca la encerrona de Miguel Ángel Perera en Madrid del año 2008. El quinto de la tarde le infiere una cornada a Miguel en el muslo derecho, pero el hombre se mantiene como si nada tuviese frente a la cara del animal. ¿A caso no siente dolor? ¿Por qué sigue ahí mientras el chorro de sangre le llega al tobillo? Son las preguntas que me hago mientras mi pierna se sigue retorciendo.
- Del umbral del dolor
El umbral del dolor se define como la intensidad mínima de un estímulo que despierta la sensación de dolor. Los médicos y cirujanos taurinos hablan de que esa intensidad mínima no lo es tanto en los profesionales del toreo; esto es, que resisten una cantidad de dolor mayor a la del ser humano promedio.
Aquí vale la pena traer a colación una fabulosa anécdota que Ramón Vila mencionaba en alguna de sus magnas conferencias: Vila decía que el hijo de un picador llegó llorando como energúmeno por un raspón que se hizo al caer de la bicicleta. El llanto y dolor del pequeño eran tantos que no lo podían controlar para limpiar su herida. Meses más tarde, el padre del niño tocó a la puerta del galeno, pidiéndole que atendiera al mismo pequeño. Vila se hizo una idea de lo tormentoso que sería lidiar con el infante de nueva cuenta. Para su sorpresa, lejos de ver dolor y escándalo, el cirujano se encontró con una actitud renovada en el menor: “vengo a que me atienda de un puntazo que me dio una vaca en el campo mientras la toreaba”, dijo con absoluta tranquilidad el renovado menor. ¿A qué se debió tan súbito cambio de actitud?, se pregunta Vila. Y él mismo responde:
“Antes era un niño, ahora es un torero”.
Otro de los fabulosos aspectos que nos sirven como ejemplo para acercarnos a ese arquetipo del super humano, es el tiempo de recuperación en lesiones y cornadas que nos ofrecen los toreros. Con rapidez regresan al ruedo. Desde el primer día de su rehabilitación están pensando en reaparecer, con ansias de que sus capacidades técnicas se pongan al servicio del arte.
Estas dos colaboraciones reflejan un poco de mi pensamiento y del porqué tenemos un patrimonio invaluable en la fiesta brava. Un poco de la apología a esta bella afición a las corridas de toros.

