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Apología del Hambre
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Apología del Hambre

Orejas y rabo

A nadie le gusta pasar hambre: enojo, ira, frustración y ganas de mandar todo al carajo. Así de lastimera es. Y si bien el hambre es provocada por la nula ingesta de alimento, hay otra que forja el carácter: el hambre de ser.

En el toreo existen varias historias quijotescas -qué poco creativo es eso de usar la palabra “éxito” para todo- en las que muchos matadores pasaron hambre antes de regocijarse con las mieles de los triunfos. Pero no es que sus tripas los hayan llevado a cortar las orejas: fue su arrojo y ganas de ser figuras lo que los catapultó: Lorenzo Garza, El Ave de las Tempestades; Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, Curro Romero, El Faraón de Camas, Luis Procuna, El Berrendito de San Juan, Antonio Velázquez, entre tantos más.

El hambre de ser es palpable frente a las astas de los toros y eso llega hasta el público que ocupa las localidades de las plazas. Ver a un torero que le puede a las embestidas de un toro bravo y que no se deja amilanar ante la competencia de los alternantes genera entusiasmo. Eso los convierte en los últimos héroes del decadente siglo, héroes que inculcan valores a la sociedad.

Considero que esa hambre de ser ya no se ve en los recintos taurinos. El arrojo y la competencia en buena lid se han aparcado y han dejado su sitio -ese que fue la génesis de tan toreras rivalidades, mismas que agotaban el papel en tardes de domingo- por una excesiva camaradería y una impavidez que no lleva a ningún lado. Vaya: hoy en día los toreros llegan al patio de cuadrillas y poco les falta para saludarse como franceses en etapa pre pandémica, algo impensado en otros años.

El ruedo no debe de perder el vaho que pica las crestas y los orgullos de los que sobre él actúan. Al ruedo hay que ir a dejarse la vida y no dejarse ganar la contienda. Si el ruedo pierde la rivalidad entre coletas, la fiesta pierde esencia. Y es que el toreo no debe de ser chaperón de esta época “cristalina” y eufemística que tiene sumido al mundo en un espantoso pavor a vivir.

Termino esta colaboración con la siguiente sugerencia: Una de las grandes obras literarias del mundo taurino en nuestro país es Más cornadas da el hambre (Spota, L. 1950) la cual ganó el Premio Ciudad de México el mismo año de su publicación. La novela es interesantísima: retrata de manera fiel el camino aventurero de un aspirante a novillero y su apoderado por pueblos y rancherías del México de finales de los años 40. Imperdible referencia con aromas épicos y románticos. De leerla, no quedará indiferente y en una de esas le dará por mover los pinceles mientras aprieta la jaira en alguna terracería de nuestra lastimada geografía.