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El abuelo que hizo afición
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El abuelo que hizo afición

Un septuagenario, partidario de Cavazos, descansa sobre un reposet de piel oscura mientras espera el advenimiento de la hora de la comida. Pasadas las 3:30 de la tarde y previa autorización de su hija ase por el brazo a su nieto de 6 años para que lo acompañe a la corrida en la plaza.

Sobre el desvencijado Ford blanco, el niño, desorbitado y fuera de sí, extraña su tableta electrónica. Rubén, el ruletero, los deja cerca del coso antes de regresar a la pesquisa de marchantes. Nieto y abuelo ingresan a la plaza por la parte de sol general. Don Charles desembolsa un “Sor Juana” para cubrir el rostro querubín del nieto con una cachucha torera mientras que los destellos fulgurantes asoman entre los dos grandes portones rojos. Un grito multitudinario acompaña la irrupción del cielo andaluz y Mateo olvida que hace dos horas jugaba Mario Kart en la tableta.

Asoma el primero de la tarde. Negro listón con el guarismo del siete y de nombre “Mezcalero”. Es la primera vez que Mateo observa un toro bravo en vivo. Las pinturas del despacho de su abuelo en nada se asemejan a esta experiencia que poco a poco va descubriendo. Paralelo asombro le causa que un hombre vestido de verde con golpes dorados se coloque en el viaje de tan fuerte animal mientras carga una capa rosa y amarillo. “¿Qué es lo que trae en la cabeza esa persona, abuelo?”. Pregunta. Don Charles tarda en contestar que era una montera: Ortega había pegado cuatro verónicas de escándalo en el tercio y era menester rasparse la garganta.

Pasa el tercio de varas y el de banderillas. Mateo ya forma parte del vulgo taurino y comienza a gritar los olés sin parar. Tres series de naturales a cargo de Ortega ponen a la plaza en pie junto al nobel infante. El matador cobra una estocada en los medios y Don Charles le acerca el pañuelo blanco recién lavado a mano por Doña Alicia al niño para que lo agite y no deje de sentirse parte de la multitud.

A las 7 de la tarde regresan a casa. Algo nuevo se había gestado en el alma de Mateo: impaciente pregunta cuándo será la siguiente corrida; recuerda los pares de banderillas de Adame y la Puerta Gayola de San Román al sexto de la tarde; rememora los trajes de los integrantes de la banda y los chocolates que rápido se comió mientras le pitaban un penal a Ortega en el cuarto.

La abuela Alicia presagia que Mateo crecerá y siempre retornará a su localidad de sol; seguro sabrá distinguir entre la vulgaridad del verde y el rojo y la frugalidad de olivo, el corinto, el catafalco y el nazareno durante la semana mayor. Sin duda vivirá el más bello estilo de vida.

Don Charles la siguiente mañana ya no despertó: cumplida la misión, se había quedado dormido en las colosales verónicas de Ortega.