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Orejas y rabo: La figura materna en la fiesta de los toros
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Orejas y rabo: La figura materna en la fiesta de los toros

Carlos Saucedo Medrano 

curromedrano05@gmail.com

 

Un sofá estilo Luis XV apoya los delgados brazos de doña Rocío Salas. Sobre el pequeño banco, con damascos morados, reposan los pies que cargan la angustia y el nervio: Manolo, su hijo, torea hoy en la plaza del pueblo y sólo el dial 79 del viejo radio sirve como enlace entre el miedo de la habitación y el bullicio festivo de la plaza. 

 

Lo supo el quinto cumpleaños de Manolo: el pequeño quería ser torero. Con la falta del padre —policía municipal acaecido en una emboscada criminal— su abuelo introdujo el mundo de los toros a manera de distractor en la incipiente infancia del nieto. Al final no fue un pasatiempo ni un positivo distractor. 

 

Rómulo Sánchez Cornejo, abuelo paterno del pequeño Manuel, hizo que el menor de la familia Sánchez Salas conociera el campo bravo gracias a sus buenas amistades con don Enrique Martínez, otrora dueño de “Los Robles”; esa célebre vacada ubicada en la cuenca fría de Vicente Torres. No fueron pocas las visitas guiadas del abuelo por el rancho de don Enrique, y ahí, como por obra y gracia de los huizaches y mezquites, germinó el gusanito de la afición en Manolo

 

La noticia de que Manolo se dedicaría de manera profesional al toreo fue un cúmulo de caireles helados por la arrugada piel de Rocío. El amor de una madre (feroz y fiel diamante de lealtad, cuidado y cierta abnegación) se entrelazó con la zozobra y el terror. 

¿Qué le espera a mi hijo en este ambiente? ¿Por qué jugarse la vida cada tarde de domingo? ¿No puede tener una vida más normal? ¿Por qué no quiere ser abogado, doctor, arquitecto o contador?

 

Asimilada la vocación de Manolo, doña Rocío comenzó a darle frugalidad al amor de madre: convenció a sus compañeras del templo para que oraran por su hijo en cada festejo y azuzaran al padre de pedir por él en el ofertorio; aprendió a coser la lentejuela de los vestidos de torear y a zurcir los avíos rotos por los toros; sin embargo, nunca pudo vencer el miedo de acompañarlo a la plaza. 

 

El niño Manolo pasó de ser un niño, a un torero y un hombre hecho y derecho. Y si bien los primeros lugares del escalafón se le cerraban, él no perdía la oportunidad de presentarse en pueblos y localidades. Su toreo y sus maneras eclécticas, vilipendiadas por el sector purista, lo orillan a esa parte de la fiesta. 

 

Con todo eso, doña Rocío es fiel a las causas de su hijo. Desde hace más de 15 años sus oraciones y apoyo nunca le faltan a Manolo