Sanando el abandono
Adrián Chávez
La primera vez que vi mi abandono llegó una escena donde me encontraba en el kínder, era la hora de salida y miraba a otros niños amontonados en las puertas esperando que sus padres llegaran por ellos. Yo me acerco a una maestra que cuidaba la puerta y le digo: “por mí no vienen, me deja salir”, ahí en el traslado a casa se instaló en mi esa sensación de abandono. Por razones que no me constan, nadie iría por mí y me trasladaría a casa solo quizás caminando 1 kilómetro. Ya en lo adulto, esta sensación aparecía cuando salía de mi trabajo, era como una opresión en el pecho y que coincidía en los tiempos.
La herida o huella de abandono, como hemos dicho en otra ocasión, tiene que ver con que nuestras necesidades afectivas y físicas, durante la infancia, no fueron cubiertas apropiadamente o fueron muy descuidadas. Este abandono, que inició en etapas muy tempranas de nuestra vida, nos acompaña y sigue con nosotros a través del niño interior herido que tenemos y se expresará en las vivencias y la forma en que percibimos nuestro entorno.
En algún momento se nos presenta la oportunidad de trascender esta herida, a través de experiencias, es decir, a la vida le interesa que evoluciones, sanes y trasciendas, por lo que generarás, desde esta herida o desde el inconsciente, los escenarios para trascenderla. Entonces, un día decides hacer vida de pareja y constantemente sientes el abandono o que no le importas, otras veces sientes que, a la familia, amigos, colaboradores, etc., tampoco le importas, en fin, muchas pueden ser las situaciones, pero esto es justamente, porque estás mirando con los lentes del abandono que viviste en tu infancia.
Quizás por recomendación, quizás porque tuviste la oportunidad de leer esto, quizás porque ya reconociste que necesitas ayuda, decides ir a terapia y sanar esta herida. Aquí, el terapeuta pregunta ¿cuándo fue la primera vez que sintió el abandono en la experiencia infantil? La vivencia es expulsada del inconsciente al consciente, esta sensación y herida pierde la intensidad, nunca se olvida, pero sí deja de doler. A veces es que te olvidaron en la escuela, que te dejaban mucho tiempo en casa de abuelos, que mamá debía ocuparse de otro hijo, que estás en un hospital sin compañía o simplemente te recuerdas solo en casa, en la sala, en una habitación, viendo un televisor, etc.
Estas experiencias vienen acompañadas de la angustia o sensación de soledad, por lo que adicionalmente, como hemos dicho en otros momentos, tenemos, además del niño interior, una parte adulta y esta parte adulta ha de “hacerse cargo” de la parte infantil, diciéndole: “yo voy a estar contigo hasta el último día de tu vida”, “yo te voy a cuidar”, “yo te voy a amar”, logrando hacerme responsable de esa parte de nosotros y decidiendo más conscientemente sobre nuestro entorno.

