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Disminuir la jornada laboral, ¿primer mundo?
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Disminuir la jornada laboral, ¿primer mundo?

Iván López

Desde hace un tiempo se han escuchado voces que buscan reducir la jornada laboral, medida que muestran como la panacea del empleo, el descanso y el bienestar, una medida indispensable para entrar al ansiado primer mundo por el camino corto, ahorrando pasos, después de todo, la medida ya se aplica en algunos lugares de Europa.

 

La medida tiene dos promotores, por un lado tenemos al millonario empresario Carlos Slim, y por el otro, a diversos políticos del partido en el poder. Aunque similares, las ideas son algo diferentes.  Ambos quieren una semana laboral de 36 horas, pero manteniendo el salario de 48. Pero el diablo está en los detalles: Slim quiere tres jornadas de 12 horas, y el resto de descanso. Los turnos de 12 horas no son raros en la industria, en particular en la minera, que a cambio otorga varios días de descanso, ahí existe el turno de 14 días de 12 horas, seguidos por siete días de descanso, también el de 20 por 10 e incluso el de 30 por 15, pero en todos ellos el descanso es inferior a los días trabajados, en especial considerando los tiempos de traslado, que suelen ser considerables.

 

Los otros –si bien aún no presentan su propuesta en tiempo y forma–, buscan disminuir las horas diarias de ocho a sólo seis, pero suena cada vez con más fuerza la idea de diseñar una “semana” laboral de cuatro días.

 

En ambos casos el “generoso” y revolucionario objetivo sigue siendo el mismo: buscan generar productividad y eficiencia en un sólo movimiento, pero, ¿es realmente esto posible? ¿Qué nos dice la experiencia histórica?

 

La Fundación Bruno Kessler realizó un estudio en el que analizó los efectos de la reducción de las horas semanales trabajadas ocurridas en Europa entre 1995 y 2007. 

 

La idea base de dicho cambio fue la aparente “ventaja” del aumento del empleo, al dejar horas “vacantes” que deberían ser cubiertas total o parcialmente por nuevos obreros, beneficiando así, a las familias de los trabajadores y por tanto, a la economía en general, ¿cierto?

 

Nada de eso pasó en el viejo continente, donde Portugal, Bélgica, Eslovenia, Francia e Italia implementaron la reducción de la jornada laboral. Los resultados fueron decepcionantes: No aumentó el empleo, pero sí lo hizo el precio general de las cosas, provocó inflación, pues hubo menos horas trabajadas, pero también se compró menos con el mismo dinero.

 

Sin querer caer en tecnicismos, tenemos que la reducción de la jornada laboral sin la disminución proporcional de los sueldos significó la elevación del costo del salario, es decir, un aumento progresivo del factor trabajo pagado por los empresarios.

 

¿Cómo reaccionó la gente de negocios? ¿Contratando más gente? ¡Para nada!, tan sólo elevaron los precios para recuperar lo perdido. Transfirieron el costo al consumidor.

Aquí entró en juego una lección básica de la teoría económica, enseñada desde el primer semestre de la carrera: El aumento en el salario siempre termina en un aumento en el precio final.

 

A esta ilusión hay que agregarle una advertencia más: hay quienes dicen que las experiencias europeas demostraron que la medida tampoco provocó despidos, pero ello se debe a que dichas reformas se dieron en periodos de crecimiento económico, el cual suele requerir más brazos en la industria, por ello, hacerlo en una economía en decadencia sería una mala idea. 

 

Una cosa más; la propuesta de Slim tiene un truco: a cambio habría que aumentar la edad de jubilación hasta los 70 años, esto es, jubilarse significará dejar el trabajo tan sólo para pasar a la tumba. En síntesis: la reducción de las horas laborales no genera empleo, no mejora la productividad y sólo aumenta el coste de la vida.