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Al descubierto el engaño de la vida en la Luna
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Al descubierto el engaño de la vida en la Luna

EL UNIVERSAL

 FOTO: CORTESÍA 

CIUDAD DE MÉXICO.- Luego de que la falsedad de las fantásticas historias de que había vida en la luna quedó al descubierto, surgió una serie de argumentos para explicar las publicaciones que tuvieron revuelo.

 

Muchos de «los astrónomos en ese momento eran religiosos», explica Matthew Goodman, autor de The sun and the moon.

 

«La creencia general era que todos los cuerpos celestes estaban poblados porque Dios no habría creado estos mundos sin crear también seres inteligentes allí para apreciarlos«, explica el astrónomo.

 

Según esa teología natural, la observación de la naturaleza proveía evidencia de la existencia de Dios y permitía vislumbrar su plan divino.

 

Uno de sus más ardientes defensores era el inmensamente popular astrónomo escocés Thomas Dick, quien escribía libros muy exitosos, como El filósofo cristiano, o la conexión de la ciencia con la religión.

 

En él, presentaba la astronomía «en una relación íntima con la religión», y describía cómo el Sol «asciende gradualmente la bóveda del cielo», la Luna «presenta su redondo rostro iluminado» y la mente «es elevada… a la contemplación de un Poder Invisible».

 

Llegó hasta a calcular que la población del Sistema Solar era de 21.891.974.404.480 habitantes. 4.200.000.000 de ellos vivían en la Luna. El filósofo Richard Adams Locke tenía una opinión muy poco favorable de esas rapsodias.

«Para él, la religión no tenía cabida en la investigación científica», dijo Goodman.

 

Por eso, «decidió escribir una serie de artículos que satirizaran las creencias de esos astrónomos religiosos y dijo: ‘si creen que hay criaturas en la Luna, les daré murciélagos lunares; y si creen que hay agua, les daré mares, y revestiré todo en el tipo de retórica altisonante y científica que usan'».

 

La idea era exponer cuán absurdas eran esas ideas. El problema es que lo hizo tan bien que le salió mal.

 

«Lo que no anticipó -y esta es la gran ironía del Engaño de la Luna- fue que la gente había sido tan educada en las ideas de esos astrónomos religiosos que cuando salieron estos artículos sencillamente creyeron que eran verdaderos, porque eran muy parecidos a lo que ya habían estado leyendo», señala Goodman.

 

«Locke se angustió mucho pero sentía que no tenía derecho a revelar la verdad porque la serie le pertenecía al dueño del diario», dijo.

 

Y, encima, «la serie se empezó a publicar en todo el mundo; hay ediciones del siglo XIX con murciélagos lunares en varios estilos artísticos».

 

Antes de que se revelara que el reporte era falso, en Estados Unidos grupos religiosos alcanzaron a recaudar dinero para llevar biblias a la Luna, mientras que en Londres, la sociedad filántropa organizó reuniones para «aliviar las necesidades de la gente de la Luna y, sobre todo, abolir la esclavitud si es que existe entre sus habitantes».

 

Epílogo

El astrónomo Herschel tardó en enterarse sobre lo sucedido, y cuando le mostraron los artículos le causaron gracia.

 

Su esposa escribió que la narrativa lunar estaba tan bien apuntalada con «detalles minuciosos» que «los neoyorquinos no tenían la culpa de haberla creído» y que era «una lástima que no fuera verdad».

 

Thomas Dick, el blanco principal de la parodia, le respondió a Locke en su Escenario Celestial de 1837 diciendo que «todos esos intentos de engañar eran violaciones de las leyes del Creador que es el ‘Dios de la Verdad'».

 

Para consuelo de Locke, hubo quienes entendieron su sátira.

 

Uno de ellos fue el científico francés François Arago quien leyó los artículos a la Academia de la Ciencia en París en una sesión constantemente interrumpida por «carcajadas escandalosas e incontrolables».

 

El escritor Edgar Allan Poe, quien aseguró que inmediatamente se había dado cuenta de que era una broma, quedó muy impresionado con la «exquisita narración» y describió a Locke como «uno de los pocos hombres con una genialidad incuestionable».

 

Para cuando terminó la serie, el New York Sun era el periódico más leído del mundo, y aunque se descubrió que nada era cierto, sus ventas no decrecieron. El diario nunca reconoció públicamente la mentira.