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Cero y van cinco
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Cero y van cinco

CARLOS PEÑA BADILLO

 

Se cumplen cinco años de que se viviera una elección presidencial histórica para el país. Una alternancia marcada entre PRI y PAN daba paso a la llegada, por primera vez después de tres intentos consecutivos a la izquierda mexicana, de conducir los destinos de la nación. Esa responsabilidad recaía en el icono y máximo líder morenista Andrés Manuel López Obrador. 

 

Como es normal en encargos de esta envergadura, son muchos los claroscuros que forman parte de la administración Lópezobradorista. Una alta expectativa ciudadana lo llevó a conquistar los más de 30 millones de votos que lo llevaron a la Presidencia de la República. El ofrecimiento de resolver todos los problemas agudos de México como la inseguridad, la economía, la pobreza y la falta de igualdad eran una constante. Su mayor mensaje era en contra de la corrupción, esa que juzga y dice no tolerar. 

 

Sin embargo, la realidad en el ocaso de su sexenio es que no todo fue como se pensó, mucho menos como se ofreció. Vivimos en la peor crisis de inseguridad de la era moderna, las y los muertos, desaparecidos, secuestrados y levantones, rebasan cualquier dato histórico de sexenios anteriores. Son muchas las viudas y viudos, huérfanas y huérfanos. Madres y padres desesperados que siguen buscando a sus hijas e hijos. Las sillas vacías siguen creciendo en los hogares mexicanos. Los abrazos y no balazos, la solicitud de “regaño” a las abuelitas, han sido un rotundo fracaso. Queda claro que no termina de existir ni comunicación ni coordinación, mucho menos estrategia para atender y enfrentar el lastre más grande que aqueja a las y los mexicanos. 

 

Sus programas sociales, por cierto, todos originados en administraciones panistas o priistas son su mayor éxito. Vaya que desde la oposición se ven en positivo. Lo que resulta lamentable es la severa crisis económica que estamos enfrentando y de la que no escapan las y los beneficiarios del Bienestar; para quienes también hay inflación, incrementos en la canasta básica e insumos indispensables para su manutención. Sumemos que, si bien los “gasolinazos” no llegaron de manera irruptiva, sí se mantienen en aumentos hormiga permanentes. En materia de salud, no hay cómo poder hablar de que si llegamos a ser Dinamarca pues, por el contrario, hay falta de medicamentos, no hay tratamientos para personas con enfermedades severas (niños con cáncer), y diariamente las y los médicos y enfermeras se quejan por las condiciones en que deben laborar para atender a los millones de mexicanas y mexicanos que demandan sus servicios. 

 

Y si vamos a la infraestructura carretera, educativa, social básica: todo está disminuido. Los municipios viven su peor momento, terminaron los fondos, los recursos y programas que les permitían hacer un mayor número de obras, programas y acciones. Las mujeres han tenido que vivir el miedo del mayor número de feminicidios en la historia; perder apoyos como Prospera y Seguro Popular, el cierre de estancias infantiles y la falta de oportunidades las tienen hoy en uno de los momentos de mayor adversidad, cuando debieran ser los de mayor posibilidad de desarrollo. 

 

Podemos seguir en el recuento de manera específica de lo que tenemos desde la llegada de la Cuarta Transformación. Sin embargo –sin olvidar el mayor ecocidio con la obra del Tren Maya, el fracaso más grande como lo es el aeropuerto de Santa Lucía y un costoso capricho como la Refinería Dos Bocas– resulta pues cuestionable, con estos antecedentes, festejar, pero sería gravemente irresponsable no actuar. Ya viene el 2024.