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Luna Nueva
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Ora… no descobijen

Lucía Dinorah Bañuelos

En 2018, tras conocerse los resultados de la elección presidencial, platicaba con un buen amigo que sí sabe de política –reconozco que yo no– y coincidíamos en que era una oportunidad de oro para una nueva corriente en México.

Yo, un tanto a la expectativa, escuchaba lo que mi interlocutor tenía qué decir tratando de procesar la información que en ese momento consideré valiosa y que guardé tan bien en mi memoria, que los últimos días me ha dado vuelta y vuelta en la cabeza tratando de salir.

De esos comentarios sólo mencionaré uno, que es de los que han resonado en mi cabeza desde hace mucho, pero más los últimos días. El hombre, conocedor de política y del arte de gobernar y de todo lo que implica, me la soltó simple y llanamente: “Sólo quiero ver de dónde sacará (Andrés Manuel López Obrador) tanto dinero para cumplir todo lo que prometió, que no es poco, porque tiene la misma cobija que sus antecesores”.

“La cobija” es una metáfora del recurso financiero del que dispone el gobierno –en este caso el federal- para satisfacer las necesidades y demandas del país y sus habitantes.

Y fue más allá: “No imagino qué o a quién descobijará para hacer todo lo que prometió”.

Si en ese momento él no tenía idea, imagínense yo, que sólo veía la punta del iceberg desde mi lugar como ciudadano de a pie. No me imaginaba que desaparecerían programas enteros que habían funcionado bien hasta ese momento en beneficio de la población y como muchos, yo creo que la mayoría de los mexicanos, no lo vi venir.

No hay que ser un genio para saber de dónde sale el dinero para repartir a manos llenas desde lo que yo llamo centro de operaciones de campaña de Morena, disfrazado de programas sociales para el bienestar de la ciudadanía. No es que haya más dinero, sólo se reparte diferente quitando un poco de aquí y un mucho de ahí. No critico de ninguna manera “la buena voluntad” para ayudar a la población, qué bueno que ahora está llegando un apoyo a gente que tal vez nunca en la vida había recibido algo, pero sí critico que igual se le entregue una beca a una persona claramente necesitada que a una que no, pero ese es otro tema.

El punto es: ¿ha pensado por qué estados como el nuestro recibe cada vez menos dinero federal en participaciones? ¿Por qué en los hospitales públicos no hay insumos, personal o medicamentos suficientes? ¿Por qué en Zacatecas en específico hay tantas manifestaciones de maestros, campesinos, del sector salud, de familiares de personas desaparecidas y el más notorio, de la fiscalía?

Leía que las becas para educación no están dando resultado, pues los últimos años quienes las reciben no se esfuerzan por superar el nivel académico de sus padres; también leí que las ventas internacionales están estancadas, que Zacatecas es el estado donde son más probables las desapariciones forzadas de personas, que eso del superpeso es una total falacia, que la pobreza laboral aumenta en la entidad, que el gobierno del estado informa con bombo y platillo sobre firmas de convenios que sólo son firmas que comprometen al inversionista a estudiar al estado como posible punto para poner a trabajar su dinero, es decir, nada concreto.

Y leyendo tanto, verdaderamente me sorprende cómo es que no he caído desmayada por tantas malas noticias; la mayoría generada por un manejo inadecuado de situaciones que desde luego no ha de ser fácil, porque si es difícil atender conflictos domésticos no imagino uno a nivel estado.

Y mis pensamientos regresan a la cobija y concluyo: cómo no va a haber problemas en el país o el estado, si cuando a mí se me mueve el presupuesto doméstico en egresos –gastos– sudo, tengo palpitaciones por la preocupación, jaqueca e insomnio porque agarré de aquí para poner allá –desvío de recursos-, como ahora con el regreso a clases que se me mueve todo mi pequeño mundo, porque debí destinar dinero a la compra de útiles, uniformes, calzado, inscripciones, etc., gasto o inversión (porque es la educación de Alex) aunque esperada,  al final de cuentas es un desembolso a partir del mismo ingreso –salario– que ya está etiquetado para pagar los servicios básicos, comida y combustibles, muy poco al ahorro…  aunque el resto del mes se coma sólo pasta y papas.