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La sociedad de los últimos tertulianos 
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La sociedad de los últimos tertulianos 

Carlos Saucedo Medrano  

curromedrano05@gmail.com  

 

El auge de las nuevas tecnologías acota la comunicación humana. Entiéndase esa categoría analítica, como aquella en la que dos o más personas dialogan frente a frente con el pleno uso de sus gestos, sentidos, mímica y dialéctica; para hacer de la conversación un espacio en el que la retroalimentación y el contraste de ideas fluyen como el agua del río.  

 

Los emoticones, las abreviaturas, las pegatinas o los tediosos audios de 2 minutos, nunca podrán igualar el desusado hábito de la tertulia. Y como el toreo aún es guardián de estos espacios de la frugalidad cultural, vale la pena hacer mención de uno de sus más recientes capítulos, en el que el Círculo Taurino Zacatecano, con el auspicio del magnífico pintor Alfonso López Monreal, tuvo el acierto de convocar a sus integrantes para platicar de toros con Leonardo Páez. 

 

Colaborador del diario La Jornada a nivel nacional con su célebre columna que lleva por nombre ¿La fiesta en paz? Leonardo Paéz es un crítico y escritor interesado en el devenir de las corridas de toros. Más de 30 años como columnista le dan una voz autorizada en el sector, con todo y el embate feroz de los grupos de poder que por mucho tiempo han querido comprar o minimizar su pluma. 

 

La fiesta brava, al ser un espectáculo tan rico en matices, genera en aquella persona que la admira, un abanico de opiniones. El cónclave de aficionados multiplica los puntos de vista en una proporción geométrica, he ahí la valía al decir que algo o alguien “nos pone de acuerdo”. Los conceptos de Páez, mismos que versaron en los flancos débiles que aquejan a la fiesta de los toros en nuestro país, fueron ese nodo de convergencia para los tertulianos que se dieron cita en el Bar Siempre Fuimos. 

 

Este ejemplo de tertulia, que atinadamente promovió nuestro amigo Rafael Rojas, reafirma el carácter cultural, lúdico y catedrático de los grupos de aficionados taurinos. Ante una sociedad carente de valores, intolerante a las posturas divergentes y con ausencia de modales, la grey taurina se ostenta como un cúmulo de seres humanos preocupados no sólo por devenir del toreo en sí, sino de la comunidad en la que coexistimos. 

 

Ojalá se sigan fomentando estos encuentros de respeto, pluralidad y tolerancia. Más aún, cuando a la vuelta de la esquina tenemos temas que pasarán a ser polémicos en la opinión pública y los que las y los aficionados habremos de formular una narrativa ordenada, frugal de argumentos y sensata. 

 

Larga vida a esta sociedad de los últimos tertulianos.