Hiroshima y Nagasaki
80 años y el mundo no ha aprendido la lección
En la actualidad, las bombas nucleares representan una amenaza mucho mayor con respecto a las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki
6 y 9
de agosto se cumplen 80 años de la explosión de las bombas en Hiroshima y Nagasaki
210 mil
personas perdieron la vida para diciembre de 1945, como resultado directo o indirecto de ambas explosiones
12 mil 300
ojivas nucleares están activas actualmente en el mundo
90%
de las ojivas están en poder de Estados Unidos y Rusia
34
estados respaldan el uso de armas nucleares
583 mil
muertes inmediatas provocaría la detonación de una sola ojiva en una ciudad moderna como Nueva York según cálculos del ICAN
Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía albergan ojivas nucleares estadounidenses en su territorio
«A las 8:14 era un día soleado, a las 8:15 era un infierno», describió en un documental del canal Discovery Kathleen Sullivan, directora de Hibakusha Stories, una organización que recopila testimonios de sobrevivientes de las bombas.
«Iba camino a la escuela y alguien gritó «¡un bombardero enemigo!», recuerda Toshio Tanaka en entrevista con BBC Mundo. “Miré al cielo y vi un resplandor tremendo, era como un millón de luces, todo se puso blanco”.
«Vi una gran multitud de gente agonizando. Hombres, mujeres y niños estaban casi desnudos con la ropa quemada. Caminaban en silencio, con los brazos extendidos, la piel quemada les colgaba de las puntas de los dedos», recuerda Toshio Tanaka, sobreviviente del bombardeo a Hiroshima.
TEXTO Y FOTOS: NOTIPRESS
CIUDAD DE MÉXICO.– Ocho décadas después de los ataques en Hiroshima y Nagasaki, persiste el riesgo de una catástrofe a nivel global.
«Han pasado 80 años, pero nada ha cambiado», declaró Masako Wada, sobreviviente de Nagasaki y secretaria adjunta de Nihon Hidankyo, en entrevista con BBC Mundo.
Los ataques, perpetrados por Estados Unidos los días 6 y 9 de agosto de 1945, marcaron el inicio de una nueva era armamentista cuyas consecuencias siguen vigentes.
El primer objetivo fue Hiroshima, donde la bomba Little Boy explotó a 600 metros del suelo, con una potencia equivalente a 15 mil toneladas de TNT.
Tres días después, la bomba Fat Man fue lanzada sobre Nagasaki. Esta segunda detonación liberó una energía aún mayor, comparable a 21 mil toneladas de TNT.
Se estima que, para diciembre de 1945, más de 210 mil personas habían muerto como resultado directo e indirecto de ambas explosiones.
Diez años después de los bombardeos, muchos sobrevivientes desarrollaron cáncer de tiroides, de seno y de pulmón a una tasa superior a la normal.
Además, la salud mental de los hibakusha –sobrevivientes de las explosiones- también fue afectada por haber presenciado un acto tan atroz, haber perdido a seres queridos y por el miedo a desarrollar enfermedades por causa de la radiación.
Las bombas atómicas lograron demostrar su capacidad para ser utilizadas en una guerra. Afortunadamente, la humanidad no tuvo que exprimentar nuevamente una guerra mundial, sin embargo, en caso de que una experiencia así se repitiese, los armamentos serían aún peores.
En la actualidad, las bombas nucleares representan una amenaza mucho mayor con respecto a las bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki.
Según la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), actualmente existen cerca de 12 mil 300 ojivas nucleares en el mundo. De ellas, más de 9 mil 600 están activas en arsenales militares.
Rusia y Estados Unidos poseen juntos casi el 90% del total, con más de 5 mil 500 y 5 mil 44 ojivas respectivamente.
Corea del Norte e Israel mantienen capacidades nucleares no confirmadas, aunque se estima que el primero tiene suficiente material fisible para 50 armas y el segundo dispone de unas 90 ojivas.

El informe Estado de las Fuerzas Nucleares Mundiales 2025 de la Federación de Científicos Atómicos advierte que el número de armas podría incrementarse en la próxima década.
A este panorama se suman conflictos armados que elevan la tensión internacional. «Este camino nos puede llevar a una tercera guerra mundial y provocar el fin de la Tierra», afirmó Toshio Tanaka, sobreviviente del bombardeo a Hiroshima.
Además de los países con armamento propio, otros 34 estados respaldan el uso de armas nucleares mediante alianzas estratégicas, como la OTAN y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva.
Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía albergan ojivas nucleares estadounidenses en su territorio, lo que extiende el alcance potencial de un conflicto nuclear más allá de las potencias nucleares tradicionales.
Las consecuencias del uso de una sola ojiva serían devastadoras. Una detonación sobre una ciudad moderna como Nueva York podría causar aproximadamente 583 mil muertes inmediatas, según cálculos del ICAN.
Las armas nucleares generan calor extremo, radiación ionizante y ondas expansivas que destruyen todo en kilómetros a la redonda. En el largo plazo, aumentan los casos de cáncer, daños genéticos y alteraciones ambientales severas.
Un conflicto nuclear a gran escala provocaría un «invierno nuclear», con afectaciones globales al clima, pérdida de cosechas y una hambruna que podría afectar hasta a 2 mil millones de personas. Además, la respuesta humanitaria sería prácticamente inexistente. «No habría respuesta humanitaria», concluye el informe, al advertir sobre la imposibilidad de operar en zonas contaminadas radiactivamente.
Transcurridas ocho décadas desde Hiroshima y Nagasaki, el riesgo de repetición no fue eliminado. «Nunca aceptaré la idea de usar armas nucleares para controlar y hacerle daño a la gente», señaló Masako Wada. Las voces de los sobrevivientes persisten como un recordatorio de lo que ocurrió y de lo que aún podría suceder.

