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Literatura y economía: El caso de HeidiIván López
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Literatura y economía: El caso de HeidiIván López

IVÁN LÓPEZ
Las novelas suelen basarse en hechos reales o en la romantización de la vida de los autores. Tenemos el caso de la novela Heidi, escrita por la autora suiza Johanna Spyri en el ya lejano 1880, llegando a protagonizar caricaturas y películas. Más allá del entretenimiento infantil, en sus hojas pueden verse entre líneas varias enseñanzas de la ciencia económica.En particular, podemos ver el intercambio de bienes y servicios entre el abuelito Tobías  -sí, su nombre no es dimetú- panaderos y diversos comerciantes.

Los beneficios de la migración quedan claros cuando, durante su estancia en Frankfurt, y gracias a un profesor particular, Heidi obtuvo una sólida formación escolar que le permitió superar a varios de los suyos en el poblado de Maienfeld, incluyendo a su amigo Pedro, el pastorcito.

Pero la principal enseñanza en materia económica se da en el último tercio, en lo que hoy llamaríamos el «turismo» realizado por la familia Sesemann y sus servidores: primero, cuando Heidi regresa a casa, regresa con más bienes de los que se llevó, y trae regalos para su abuelito y amigos, cortesía del padre de Clara y su abuelita.

Después,  el doctor Classen viaja hasta la casa de Heidi y contrata a Pedro como guía, además de consumir localmente, al igual que la villana señorita Rottemeier, quien contrata guías, alquila caballos y paga a una cocinera, además de dar propinas diariamente a Pedro por su ayuda para llegar a casa de Heidi.

De la misma manera, la abuelita llega con regalos y le da a Pedro una navaja de alta calidad, indispensable para, lo que se avizora, será su futuro trabajo como carpintero -oficio al que ya lo encamina el Viejo de los Alpes- además de regalar embutidos, zapatos y ropa a la protagonista y su abuelo.

La abuela además organiza una generosa fiesta para los niños de la escuelita de Maienfeld, con dulces, carnes varias y como olvidar las múltiples farolas y velas, contratando a músicos, cocineros y sirvienta, realizando una derrama económica importante en un pueblo tan pequeño, todo ello en vísperas de partir al Balneario de Ragaz -donde cada uno de los miembros y servidumbre de la familia Sesemann hizo varias escalas- a esperar la recuperación de su nieta, que contaba con aldeanos que la trasladaban en una silla especial durante sus primeras semanas.

Pero no todo fue recibir, Clara, además de recuperar su salud durante la primavera, se llevó un conocimiento nuevo: aprendió a hacer queso, tal vez un conocimiento algo inútil para la hija de un aristócrata, pero no por ello despreciable. Heidi recibió regalos por simpatía, Pedro -el principal beneficiario- las cocineras y los guías, por su esfuerzo.

Los habitantes del pueblo de Maienfeld, sí, los del mundo real el pueblo y el Balneario sí existen, aprendieron la lección y hoy en día la «Casa de Heidi» existe y hay una visita guiada a la misma en las montañas de los alpes cercanas, donde obtienen recursos económicos importantes.

Tal vez este debería ser un libro de cabecera para los estudiantes de la economía y al menos de la carrera de turismo.