En la mira
Infodemia: cuando la desinformación
también se vuelve contagiosa

Vivimos en una época en la que la información viaja más rápido que cualquier virus. Cada segundo se publican millones de mensajes, videos y noticias en redes sociales, muchos de ellos relacionados con temas de salud. Pero no todo lo que circula es verdad.
A ese fenómeno —la propagación masiva de información falsa o confusa sobre temas médicos— se le llama infodemia, y su impacto puede ser tan peligroso como el de una epidemia real.
El término se popularizó durante la pandemia de covid-19, cuando las redes sociales se llenaron de consejos “milagrosos”, teorías conspirativas y rumores sobre vacunas o tratamientos.
Sin embargo, la infodemia no nació en 2020 ni terminó con el confinamiento. Hoy sigue presente: desde las dietas extremas que prometen “curar” enfermedades hasta los mensajes alarmistas sobre virus, medicamentos o campañas de vacunación.
El problema no es sólo la cantidad de información, sino también su calidad. En la salud, una mentira repetida mil veces puede costar vidas. La gente, abrumada por tantas versiones contradictorias, ya no sabe a quién creer. Así, la desinformación se propaga más rápido que los hechos, creando miedo, desconfianza y comportamientos de riesgo.
Un ejemplo claro fue la resistencia a las vacunas. Miles de personas dejaron de vacunarse por temor a efectos inexistentes, alentadas por videos o publicaciones sin base científica. Lo mismo ocurre con los “remedios naturales” que prometen curar el cáncer, la diabetes o el covid-19.
Detrás de muchos de esos mensajes hay intereses económicos o un simple desconocimiento, pero el resultado es el mismo: decisiones equivocadas que afectan la salud personal y de la población.
Las redes sociales, que deberían ser aliadas de la educación y la prevención, se han convertido en un terreno fértil para la confusión. Cualquier persona puede publicar una opinión y presentarla como un hecho médico. Y aunque las plataformas intentan moderar contenidos falsos, la información dañina suele llegar primero. La velocidad con la que compartimos sin verificar es parte del problema: un clic puede convertirnos, sin querer, en transmisores de desinformación.
La solución no está en desconectarnos, sino en aprender a filtrar. Antes de creer o compartir, hay que preguntar: ¿de dónde viene esta información?, ¿quién la respalda?, ¿existen fuentes oficiales que la confirmen? Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), las instituciones de salud y las universidades son fuentes confiables que deben guiar nuestras decisiones.
Combatir la infodemia requiere una vacuna diferente: la educación crítica. Aprender a distinguir entre opinión y evidencia, entre rumor y dato comprobado, es una habilidad esencial en la vida moderna. Los profesionales de la salud, los medios y la ciudadanía tienen que unirse para crear una cultura de información responsable.
Porque en tiempos en que la desinformación se viraliza más rápido que cualquier enfermedad, la verdad se convierte en una herramienta de salud pública. Cuidar lo que leemos, lo que creemos y lo que compartimos también es una forma de cuidarnos. Y, en esa tarea, todos —no sólo los expertos— tenemos un papel que desempeñar. Al tiempo.
