En la mira
La metamorfosis del poder:
el caso de la rueda de la fortuna

En los pasillos del poder, donde la ambición se disfraza de liderazgo y la adulación se confunde con respeto, se gesta una transformación silenciosa, pero peligrosa. El poder, cuando no se administra con humildad y conciencia, muta a quien lo ostenta.
La historia de muchos liderazgos fallidos, comparten un patrón común: traición a los principios, deslealtad a quienes allanaron el camino y la soberbia como carta de presentación.
Este fenómeno, que podría llamarse “la metamorfosis del poder”, se asemeja a una rueda de la fortuna: se sube saludando a todos, pero se baja sin que nadie quiera mirar.
En un inicio, el líder suele ser figura inspiradora. Rodeado de un equipo leal, de voces críticas que alimentan su crecimiento y de manos que lo empujan hacia la cima, su trayectoria se nutre de trabajo colectivo y confianza mutua.
Pero cuando el poder toca la puerta con sus promesas de control, prestigio y reconocimiento, comienza la transformación. El primer síntoma es la seducción por la adulación. Las lenguas que elogian sin pausa, los aplausos vacíos y las sonrisas que ocultan intenciones comienzan a reemplazar la opinión franca y el consejo honesto.
El líder, ahora convertido en figura intocable, se convence de que su lugar es producto exclusivo de su genialidad. El equipo, que alguna vez fue parte esencial del proceso, se vuelve un eco lejano, minimizando sus aportaciones, se olvidan los gestos de apoyo, y en el peor de los casos, son reemplazados por aduladores que refuerzan su ego.
Este tipo de líder —enajenado por la imagen que otros construyen para él— rompe los compromisos adquiridos. Las promesas hechas en el llano, cuando aún se pedía apoyo y confianza, se ven como simples instrumentos de campaña, rompiéndose con ello las redes de lealtad.
Lo más trágico de esta metamorfosis no es sólo el daño a terceros, sino la pérdida de la dignidad personal. Quien sube la escalera con arrogancia, empujado por la fantasía de ser irremplazable, pronto se enfrenta a la cruda realidad: el poder es efímero. Y cuando la rueda comienza a bajar, los que una vez fueron escalones para subir, al final ya no están. Se cansaron del desprecio, la desmemoria y del trato injusto.
Esta historia, repetida en múltiples escenarios, hace recordar una verdad incómoda: el verdadero liderazgo se demuestra en el trato cotidiano, no en el cargo que se ostenta. La madurez política, se refleja en la capacidad de mantener la humildad en la cumbre, de reconocer los errores y de honrar a quienes acompañaron en el camino.
El poder, sin control y sin ética, envenena. Pero también enseña. Porque cuando la rueda de la fortuna gira y toca fondo, sólo hay una salida digna: reconocer el daño, rectificar, y volver a mirar a los ojos a quienes se abandonó.
No todos logran esta redención. Muchos quedan atrapados en la fantasía de su propia imagen, incapaces de asumir que el poder que los transformó también los derribó. Al tiempo.
