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Antonio Romero: el ser torero
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Antonio Romero: el ser torero

Don Bull: el ser barullo

 

Carlos Saucedo Medrano 

Curromedrano05@gmail.com

 

Un manto obscuro cobija el desolador hospital. Las camas, juntas como sardinas en lata, exhalan lamentos, llantos y algo de esperanza de los que aún tienen vida. Por el elevador ingresa un hombre delgado como un alfiler: tez morena, huesos largos en las manos que enganchan una bolsa de hule blanco con bultitos enrollados en papel de aluminio. Ofrecer comida a los enfermos no lo hacía un mejor torero, pero sí un mejor humano. Al fin el mejor torero es el que mejor expresa su humanidad. 

 

Antonio Romero cumplió 13 años como matador de toros y lo festejó con el reencuentro mismo de su vocación. La línea imaginaria —descrita por Pepe Alameda— en la que con un paso hacia adelante podría morir el hombre y con uno hacia atrás moriría el arte, fue cruzada por el terno lila y oro de Antonio. Tantas mañanas de entrenamiento, los largos kilómetros en carretera para tentar en ganaderías y los muchos sufrimientos que han derivado de sus cornadas, tuvieron justa recompensa. 

No es fácil para un torero mostrarse ante su público, mucho menos plantarle faena a un toro tan bien presentado y encastado como lo fue Yerno, de la ganadería de José Julián Llaguno. Pero Antonio se impuso a las vicisitudes que implica verse poco anunciado en los carteles e imprimió unas sabrosas tandas de naturales que dejan ver el pozo artístico que posee. 

El triunfo de dos orejas reivindica a un hombre que no ha cesado en prepararse y en abonar a la fiesta de los toros en la entidad, incluso en ser solidario y altruista con su pueblo. Considero que este suceso representó lo más importante del serial taurino que se llevó a cabo en el marco de nuestra feria nacional y deseo que se le abran las puertas de muchas plazas en la República Mexicana. 

Por otra parte, la antítesis del arrojo, el barullo y el incesante empeño por entorpecer todo, lo mostró la empresa Don Bull. El más claro ejemplo del desorden lo dieron en taquillas, las cuales fueron concesionadas a una empresa boletera que les puso las peras a veinticinco al imprimir boletos a cuenta gotas, lo que provocó el hastío de una afición demandante de entradas en las dos últimas corridas del ciclo. 

La incapacidad de prever la impresión de los billetes, junto a los gestos de exclusión y censura que padeció Rafael Rojas –corresponsal en Zacatecas del portal Toros en el Mundo— habla de que el equipo de trabajo que rodea el senador Pedro Haces no tiene ni la experiencia ni el tacto para manejar la monumental. Dos años de estar al frente del coso de cantera y se adolece de una curva de aprendizaje con voluntad para enmendar los errores. Con esa actitud no hacen falta los falsos adalides del animalismo.