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Fresnillo, un municipio tocado por las ausencias
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Fresnillo, un municipio tocado por las ausencias

Fragmentos de desapariciones

Mónica Cerbón

Fotos: Adolfo Valtierra

Especial de Quinto Elemento Lab para La Nota Zacatecas

Contacto: quintoelab@gmail.com

 

 

La publicación original completa la puedes ver en: https://quintoelab.org/fragmentos/cien-mil-despariciones-mexico

 

ZACATECAS, ZAC.- La casa es luminosa y amplia, su piso es de un verde brillante, acentuado por el contraste de las paredes naranjas y las sábanas con flores que cubren los sillones. Es difícil imaginar que ahí se rompió la vida de Luisa Zapata.

Su casa está ubicada en la cabecera municipal de Fresnillo, uno de los municipios más violentos del país y una ciudad trastocada por el miedo. Los enfrentamientos armados ocurren en las calles, en el interior de comercios, frente a las iglesias. Las balas perdidas dejaron de ser una rareza.

De los 58 municipios que tiene Zacatecas, Fresnillo es donde hay un mayor número de desapariciones según los datos oficiales: de las 2 mil 779 ocurridas desde el 2006 en todo el estado, 505 se registraron en Fresnillo.

Ahí permanecen desaparecidas 106 mujeres de entre 15 y 29 años de edad, y 399 hombres que oscilan entre los 20 y los 24 años. La mayoría de las personas han desaparecido desde 2017. El 2021 es el año con el mayor número de registros.

El 23 de enero de 2022, hombres armados y encapuchados quebraron los vidrios de la puerta de entrada de la casa de Luisa. Era de madrugada, ella dormía con su esposo, Ángel Enrique Solís, un mecánico de 48 años. En la habitación contigua estaba su hijo de 14 años, Manuel Enrique.

Los hombres tomaron a su esposo en calzoncillos y a ella la tiraron al piso. Sólo alcanzó a ver que lo sacaban de la casa. Unos minutos después vio pasar junto a ella los pies de su único hijo en pijama y a un hombre armado que lo llevaba de los hombros.

Manuel alcanzó a cruzar su mirada temerosa con la de su madre, empujada al piso con un arma en la cabeza. Fue lo último que ella vio antes de que la liberaran y pudiera salir a correr detrás de la camioneta que se llevó su vida entera.

Luisa Zapata muestra fotos de su hijo Manuel Enrique Solís y su esposo Ángel Enrique Solís, ambos desaparecidos en enero de 2022. Su marido apareció sin vida a principios de febrero.

Las manos de Luisa son pequeñas y morenas, entre ellas sostiene el celular donde muestra la foto de cuerpos embolsados y rodeados por cuerdas, acomodados en una calle de la comunidad rural Pardillo III. Son 10 cuerpos, ella señala a uno de ellos y dice que cree que ese era el de su esposo, al que reconoció el 5 de febrero en el Servicio Médico Forense (Semefo) del municipio. Ángel Enrique Solís murió a golpes, torturado. Luisa llora, llora mucho. Sus lágrimas se contagian.

“Me dicen que no esté aquí porque corro peligro, pero yo no tengo miedo, el miedo lo viví en ese rato que se los llevaron. Yo le pedí a Dios que me llevaran también a mí, no sé por qué me dejaron, ellos me vieron el rostro, me vieron todo. Yo creo que mi hijo piensa que me mataron”, narra.

Ella no sabe leer ni escribir, sabe cocinar y de eso ha vivido toda su vida. El único lugar al que no ha podido volver a entrar desde que su esposo fue asesinado y su hijo desaparecido es a la cocina, donde les preparaba tamales y pozole, la comida favorita de ambos.

Su rostro marcado por la tristeza esboza una sonrisa cuando platica cómo conoció a Ángel Enrique. El día que desapareció cumplían 18 años de estar juntos. Recuerda que en su primera cita, él la llevó a bailar con el tamborazo de la banda Conjunto Río Grande y La Fe Norteña.

A su hijo lo describe como un niño tímido al que le gusta la electrónica, los chicles y la mecánica, como a su papá. “A él no le gusta ser sociable, casi no tiene amigos. Para mí no es un consuelo que lo traigan trabajando porque para mí es un niño, tiene que estar estudiando, no debe de andar en las armas, es un niño chiquito, además es muy enfermizo, no les va a servir. Ese consuelo me dan los de la Fiscalía, que en cualquier rato puede aparecer porque lo traen trabajando”.

Everardo Ramírez, titular de la Comisión Estatal de Búsqueda, asegura que muchos de los desaparecidos en la entidad son obligados a trabajar para los cárteles: “La unidad de análisis de contexto de la Comisión se ha percatado de los perfiles de las víctimas y nos damos cuenta de que, sobre todo, son hombres utilizados como fuerza de trabajo, es reclutamiento para las actividades que ellos (el crimen organizado) realizan”.

Manuel Enrique, el hijo de Luisa, sabía un poco de mecánica y eso, para las autoridades, podría ser la razón de su desaparición.

En Zacatecas, el número de desapariciones en el RNPDNO pasó de 91 en 2015 a 848 en 2021, un salto diez veces mayor en solamente seis años. Para 2022, la cifra va en 258 desapariciones: 199 son hombres y 59, mujeres.

Incluso en el mapa nacional, durante el 2021, cinco municipios del estado —Zacatecas, Río Grande, Fresnillo, Jerez y Guadalupe— presentaron las tasas de desapariciones más altas por cada 100 mil habitantes, considerando a las poblaciones de más de 5 mil habitantes y con más de 50 casos en cada año.

Luisa no tiene dinero para hacer búsquedas, sus días los pasa en el cementerio donde enterraron a su esposo, a donde llega caminando. A veces también lo hace a la delegación de la Fiscalía en Fresnillo, para revisar si entre los cuerpos que escucha en las noticias que aparecen asesinados se encuentra el de su hijo. “Es una carnicería, cuando regreso a casa me pongo muy mal”, dice llorando. Las noches las pasa sin dormir o con pesadillas.

 

“Estoy dispuesta a investigar qué cártel se los llevó para suplicarles que me regresen a mi hijo, porque ya no tengo a nadie, solo éramos mi esposo, mi niño y yo, ahora estoy sola. (…) Pongo folletos de mi hijo y me dicen que no lo haga porque es peligroso, pero yo ya no conozco ni el peligro ni el miedo. Todo el día tengo presente a esta gente, no me dejaron ni darles un abrazo, se me escaparon de las manos, no pude hacer nada por ellos, se me escaparon como agua”, lamenta.

“Vi al niño de reojo, volteó a verme y le rodaban sus lágrimas, asustado”, cuenta Luisa Zapata sobre el día en que su hijo fue secuestrado.

El 11 de enero de 2022, a menos de dos cuadras de la casa de Luisa, asesinaron a tres policías. Desde entonces, dice, a las familias de la colonia La Fortuna, al oeste de Fresnillo, “les vino la tragedia”. Luisa menciona que familiares de sus vecinos también han sido víctimas de desaparición o los han encontrado asesinados en esas calles con nombres de piedras preciosas.

En esa colonia también vive su cuñada, María de la Luz Solís, su hijo, José Francisco Álvarez, lo desaparecieron años antes: el 14 de junio del 2016, cuando tenía 31 años y trabajaba como policía vial en el municipio de Calera, a unos 30 kilómetros de Fresnillo. Las dos mujeres pertenecen al Colectivo Rastreador@s Nacionales de Personas Desaparecidas (Ranades).

“Ha sido horrible en este lugar —cuenta María de la Luz. Tengo como 12 años de sentir que esto está muy peligroso; pero horrible, horrible, unos tres o cuatro años. Ya no tenemos paz, ya cualquier ruidito lo sobresalta a uno, de que si llegan aquí o si llegan con la vecina, que también le mataron a su hijo. Nada menos anoche se oyeron tan fuerte unos balazos, nomás está uno con el temor de todo. Ya no tenemos vida”.

María de la Luz Solís Zapata tiene un hijo desaparecido desde 2016; la última geolocalización del celular de su hijo fue en el municipio de Sombrerete.

“Fresnillo, Calera y Río Grande es donde hemos detectado más la desaparición de hombres jóvenes”, dice Everardo Ramírez, de la Comisión Estatal de Búsqueda. Algunos de ellos, asegura, han aparecido con vida; han logrado escapar o se han liberado del trabajo forzado. Una pesadilla de la que poco se conoce en el país. “Hemos intentado dar seguimiento, pero es casi imposible con las víctimas que regresan, nos dicen que ya no quieren nada a pesar de que sufran por toda su vida por falta de atención”.

En el caso de las mujeres que se encuentran desaparecidas, la mayoría tienen entre 17 y 23 años, de acuerdo con las autoridades de la Comisión Estatal de Búsqueda, quienes no descartan que sean víctimas de trata sexual.

Eso pudo sucederle a Edith Marimar García, joven que desapareció el 4 de agosto del 2014. Es delgada, de tez blanca y abundante cabello ondulado y negro, exreina de la Feria Regional de Tacoaleche, la localidad más grande del municipio conurbado de Guadalupe. Desapareció a los 17 años, el 21 de octubre del 2016, cuando desayunaba en Valparaíso, colindante con Jalisco, Nayarit y Durango.

Su madre, que vive en una casa de interés social en las periferias de la ciudad de Zacatecas, dice que Ana Laura quiere ser modelo, es alegre y de carácter fuerte.

 “Que nos digan cómo y en dónde la dejaron, si la dejaron en una fosa, que nos digan el lugar exacto para ir por ella. O si la dejaron en la calle, drogada, mal de sus facultades que nos digan también en dónde, yo no busco culpables, sólo busco a mi hija. Que ella sepa que la amamos y que estamos luchando para encontrarla”, dice su madre.

 

*Los nombres de las víctimas y sobrevivientes fueron cambiados por seguridad de las fuentes.

  

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“Fragmentos de la Desaparición” es una investigación periodística que permite explorar la información sobre cómo México llegó a las 100 mil personas desaparecidas, quiénes faltan, desde cuándo y en qué territorios se resiente su ausencia. Esta es una serie de Quinto Elemento Lab y del proyecto A dónde van los desaparecidos que puedes ver en: https://quintoelab.org/fragmentos/cien-mil-despariciones-mexico


La liga hacia los cuadernos Observables (interactivos), que permiten visualizar el comportamiento de las desapariciones en los territorios, es esta:
https://observablehq.com/collection/@quintoelab/datos-publicos