La historia fantástica de la vida en la Luna
- Necesitaban una historia sensacional para despertar la curiosidad de los lectores de un periódico recién fundado
EL UNIVERSAL
FOTO: CORTESÍA
CIUDAD DE MÉXICO.- Una avería en el telescopio ocasionada por la posición que fue dejado en una posición inadecuada expuesto al Sol que ocasionó un incendio en el observatorio que lo alojaba, terminó de tajo con las historias fantásticas de vida en la Luna y la descripción de las criaturas que la habitan, publicada en el Edinburgh journal of science.
Para cuando lo arreglaron, la Luna no era visible.
Sin embargo, aseguraba Andrew Grant en su artículo, el astrónomo John Herschel reportaría en un futuro cercano sobre una especie aún más superior de Vespertilio homo que era «infinitamente más bella y nos pareció apenas menos encantadora que las representaciones de los ángeles hechas por las más imaginativas escuelas de pintores».
«La serie causó una tremenda sensación. Fue reimpresa en periódicos rivales y, según algunas estimaciones, el 90% de las personas en la ciudad de Nueva York lo creyó», señaló Matthew Goodman, autor de The sun and the moon.
La historia fue tema de conversación en todas partes, hasta en universidades como Yale.
El New York Times dijo que los descubrimientos eran «probables y posibles», mientras que para el New Yorker el hallazgo proclamaba «una nueva era de la astronomía y la ciencia en general».
Pero resulta que… Obviamente, no era verdad. Como las mejores mentiras, esta tenía pinceladas de realidad.
Herschel efectivamente estaba en Sudáfrica observando el firmamento, aunque no contaba con las 70 mil libras que supuestamente le había otorgado el rey Guillermo IV para su expedición. De hecho, había tenido que financiarla de su bolsillo.
Tenía, por supuesto, un telescopio, pero no tan enorme ni sofisticado como fue descrito.
Su acompañante no era el doctor Andrew Grant, quien era tan ficticio como los descubrimientos que reportó en el imaginado artículo publicado en el Edinburgh journal of science, una revista que había cerrado dos años atrás.
Se trataba de una parodia genial, una amalgama de ciencia ficción e ironía que, para sorpresa de su creador, convenció a miles de que lo increíble era real.
Malentendido
El autor intelectual fue el británico Richard Adams Locke, descendiente del filósofo John Locke y graduado de la Universidad de Cambridge que acababa de llegar al New York Sun.
El diario había sido fundado dos años antes por Benjamin Day, en el albor de la era conocida como «penny press«, diarios más baratos dirigidos a «la gente común». El New York Sun, sin embargo, no era el más popular.
Day y Locke sabían que necesitaban una historia sensacional para despertar la curiosidad de los lectores, y si algo le fascinaba al público eran los artículos sobre descubrimientos científicos y viajes de exploración a lugares remotos. Por suerte, Locke había estado leyendo sobre astronomía.
Muchos de «los astrónomos en ese momento eran religiosos», explica Goodman. «La creencia general era que todos los cuerpos celestes estaban poblados porque Dios no habría creado estos mundos sin crear también seres inteligentes allí para apreciarlos».
Según esa teología natural, la observación de la naturaleza proveía evidencia de la existencia de Dios y permitía vislumbrar su plan divino.
Uno de sus más ardientes defensores era el inmensamente popular astrónomo escocés Thomas Dick, quien escribía libros muy exitosos, como El filósofo cristiano, o la conexión de la ciencia con la religión.

