La mujer vestida de sol, de lo vivo a lo pintado
Rara Avis: Letras, arte y cultura novohispanas
La imagen de la Virgen del Apocalipsis fue de las más difundidas y reproducidas durante el periodo novohispano. Es parte de toda una tradición pictórica e iconográfica, con amplias referencias en el libro de la Revelación de San Juan. Su construcción es parte del cierre de un ciclo simbólico, con apertura en las primeras líneas de los libros del Antiguo Testamento.
En resumidas cuentas, “El Evangelista” describe en su visión la aparición en el cielo de una “Mujer vestida de Sol”, encinta del “Hijo varón, el que ha de regir todas las naciones”, con una luna debajo de sus pies y en la cabeza la corona de doce estrellas. A su vera, el dragón, “la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás”, quien busca derrocar a la mujer, entabla una batalla en el cielo con el arcángel Miguel y todos los ángeles. A ella se le concedieron dos alas para volar sobre el desierto y librarse de la bestia. Con ello, el inicio de la restitución y el ciclo simbólico palingenésico del Apocalipsis.
Esta descripción fue caracterizada y utilizada con atributos de carácter iconográfico en múltiples representaciones pictóricas y literarias. Una de las más interesantes, no sólo por la calidad artística, sino también por la interrelación a partir de componente de carácter emblemático entre pictura y suscriptio, así como la interrelación entre la función de la obra respecto a la creación, se puede observar en una pintura anónima en el Museo de Guadalupe (puede encontrarse también en la Mediateca del INAH: https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/pintura%3A3454?fbclid=IwAR3jup1oDpgjex2-EN9DikTeNKVH53L4hOTwq_H17Oo0NpofDBvS0GKryoQ)
La pintura es un óleo sobre tela. En el centro de la composición está la mujer alada vestida de sol, con la corona de 12 estrellas y sobre la luna. En sus manos recibe de la representación de Dios Padre –quien porta cetro y compás sobre el mundo–, al Hijo. En el costado izquierdo inferior está San Miguel con su escudo “Quis ut Deus?” – “¿Quién como Dios?”, luchando contra el dragón. Al fondo de la composición, sobre la isla de Patmos, el evangelista San Juan escribiendo la Revelación.
Importa, además de la composición, dos poemas en décimas escritos en la parte inferior, a manera de suscriptio, que corresponden en perspectiva a una teorización creativa del valor o verdad estética, con plenas referencias neoplatónicas. Es un triple acto de mirada, en tanto a una conjunción de “realidad”. En ambos se hace reflexión del “Artífice del suelo”, quien hace una copia de la “hechura del cielo”, en la mediación de “El Evangelista”. La gran obra pertenece al “Pintor Dios Padre”. Pero de esta “re-presentación”, hermosa en su asombro, hay todavía un largo espacio a lo que es el objeto de “verdad”, reflexión y valor instaurado en la propia obra, que en un acto de ironía, cierra con sentencia la segunda décima, con cierta auscultación en la espera de la palabra cumplida: “[…] qué será / la diferencia que va / de lo vivo a lo pintado”.


