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Me equivoqué contigo
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Me equivoqué contigo

Carlos Peña 

 

Desde el inicio de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, la estrategia de los “abrazos y no balazos” que implementó para buscar contener la innegable crisis de violencia que ya se vivía en nuestro país fue muy cuestionada.



Tres datos destaco que han sido detonantes para cuestionar los efectos positivos de lo que hoy parece, camina hacia un rotundo fracaso. A nadie nos conviene ese resultado, quizá sería bueno reconocer “me equivoqué contigo”. 



Como olvidar aquel 17 de octubre de 2019 en Sinaloa, lo que se conoció como el “culiacanazo” o “jueves negro”. Fueron momentos en que la vulnerabilidad y desatinada operación y planeación del Estado quedó evidente; caso contrario, se demostró el alto control, coordinación, equipamiento y más que tienen los cárteles y grupos de la delincuencia organizada en México. Grave resultó que días previos (en los spots que anunciaban su primer informe de gobierno), el presidente López Obrador había asegurado que todas las mañanas se reunía con su gabinete de seguridad para conocer personalmente de los informes y situación que la nación guardaba en la materia. Aquel día fue evidente que, o no se reunieron o no se comunicaron o no acordaron la versión pública que darían las y los funcionarios involucrados. Tiempo después, fue el propio AMLO quien reconoció que había sido él, el que autorizara, si no el operativo, sí la liberación de Ovidio Guzmán. Apostó a los abrazos.

 

   

Entrados en el cuarto año de su mandato, vemos que la estadística es totalmente negativa, ya se rebasó el número de homicidios dolosos a causa de la violencia que detona la guerra (que no es guerra) entre cárteles vinculados al narcotráfico (el Estado aplica la sana distancia) adicional y lamentablemente, crece el número de elementos castrenses o policiales que desaparecen o les arrebatan la vida a lo largo y ancho del país. Algo se está haciendo mal, no sólo no se previene o se contiene, sino que se mantiene y rebasa la estadística negativa que produce la evidente falta de estrategia en materia de seguridad, que hoy nos tiene con miedo. Las estadísticas parecen indicar que este sexenio se perfila para ser el más violento de la historia. Siguen los balazos.



Desde hace unas semanas han sido recurrentes las declaraciones y evidencias de sacerdotes y obispos que, en distintos puntos del territorio nacional, han señalado amenazas, intercepciones, extorsiones y ejecuciones de las que han sido víctimas en el cumplimiento de su labor pastoral. Fue fundada entonces su exigencia al Gobierno de México de que revise y replantee la forma en la que se está buscando pacificar la nación, al malestar lo respalda la razón. La respuesta de Presidencia fue lamentable, desafortunada, porque lejos de invitar a la búsqueda de soluciones a los organismos religiosos, con el sello de la casa: se señaló y se culpó. Reviró el mandatario y dijo “que incluso pudieran ser falsas”, es decir, si él no lo sabe, pues no paso. 



Es momento de aceptar que la 4T y su líder tienen muchas situaciones por corregir en su esquema de enfrentar la inseguridad; sin embargo, lejos de ello, se dijo que existe una campaña en su contra donde “son capaces de inventar cualquier cosa”. A nada estuvo de acusarles de falsos y mentirosos. Cual fajador de barrio, el titular del Ejecutivo seguirá buscando pleito con cualquiera que cuestione y no coincida con su hacer y con su actuar. Veremos qué más puede pasar que nos ponga a cantar como Ana Gabriel “pero qué triste realidad me has ofrecido, que decepción tan grande haberte conocido, quién sabe Dios porqué te puso en mi camino. Me equivoqué contigo”.