Pregoneros de grandeza
La historia demuestra que el ser humano pasó y pasará buena parte de su vida terrenal mientras persigue la piedra filosofal de la verdad. Y la verdad de quienes nos consideramos aficionados a las corridas de toros consiste en el toreo mismo. El toreo es la razón de ser que nos faculta a entender la vida de un modo propio y difícil de explicar en demasía para quienes no lo comparten: es nuestra religión.
Común es entonces que dentro del sector taurino se presenten temas y cuestiones propias para la polémica y el debate. Cada aficionado es un universo en sí que vive la corrida a su forma y pocos son los momentos en que todos estamos de acuerdo en algo. Incluso el conocido comentarista taurino Mauricio Locken comentó hace algunos ayeres mientras narraba una corrida que se transmitía desde la Plaza México: “Qué aburrido es que todos pensemos igual. Tienes que dividir”. Y si bien la división es apasionante y está de moda, hoy lo que nos debe de convocar es la unidad, por muy trillado que suene el concepto.
El año pasado el Diario “El País” recogía una opinión del célebre filósofo y aficionado Francis Wolf, en la cual sugería a los demás contertulios taurinos “asumir una imagen moderna, urbana, progresista y sobre todo ecologista”. Considero que lo anterior no es una invitación a vestir o hablar de cierta manera “común” sino a adoptar un discurso que sea fácil de digerir. Es de vital importancia acercar los valores de la tauromaquia a todas y todos haciendo uso de herramientas y fundamentos que no sean complejos.
Nuestra era convulsa compromete a todas y todos los aficionados a ser defensores y promotores de la tauromaquia. Desde el experimentado hasta el más nobel. Ya no es sólo pagar una entrada y asistir a la plaza, ahora es defender a la fiesta en cualquier espacio, dejando atrás nuestras diferencias para empujar juntos el coche de nuestra verdad argumentada y fundamentada.
Imperioso es que seamos pregoneros de grandeza. No vamos a andar de un lado a otro contando que Curro Romero pasó una noche en comisaría y que al día siguiente abrió la puerta grande de Madrid o que Manolo Martínez llenaba La México de bote en bote; eso es muy bonito, pero sería darnos coba. Lo que hay que pregonar es la riqueza ecológica de las ganaderías, la derrama económica que provocan las corridas, la herencia cultural del toreo en México y sobre todo, que sin la existencia de espectáculos taurinos la raza del toro de lidia se extinguiría. Así de certero y sencillo.
La polémica y el debate se queda para los cafés y las tertulias entre aficionados. La defensa y promoción del toreo deberá estar presente desde la espera en la fila del supermercado hasta en los muy en moda bloqueos de Ciudad Administrativa.

