Sólo el toreo nos salvará
Carlos Alberto Saucedo Medrano
curromedrano05@gmail.com
Arremango los puños de la camisa. Dejo caer las piernas en el reposet de piel sintética y el mando a distancia coloca la aplicación de películas: se abre el horizonte infinito de la oferta cinematográfica actual. No sé qué reproducir. Cuatro pasos y el estante de libros muestra algo similar: Salvador Arriaga me ve de reojo con su Salvar el fuego aparcado desde agosto, Sartre fija la mirada (no es mofa) con una náusea moribunda de tanto inhalar el polvo del tiempo y Pérez de Ayala, encabronado porque no lo presenté con Tania Larios en aquel evento de partido, carga su Política y Toros ansioso de lanzármelo a la cara. Y así se pasa la vida después de un día demandante de trabajo.
Paradójicamente, de entre el océano de opciones de ocio, el televisor y los medios digitales confabulan para que mi atención se centre en algo concreto: un dictamen aprobado para prohibir las corridas de toros en la Ciudad de México y constato que se habla más de tauromaquia cuando intentan restringirla que cuando algún torero triunfa con fuerza en alguna corrida.
Me da asco que usen al toreo como imán mediático. El mismo asco que segrega la rutina y la monotonía de los días sin sentido. El tránsito abúlico de las horas y quizás un poco más: la parquedad legislativa intransigente, totalitaria y represora de la libertad; necesitan una sacudida. Y ahí debe estar el toreo.
A esta vida le hace falta el arrebato morantista de sus derechazos, el histrionismo de Ferrera subido a un caballo de picar, la clase y hondura de Mauricio relajando la mano izquierda mientras acompaña el viaje del toro con la diestra y también, por qué no, la exigencia sin coba de José Miguel en un tentadero. El toreo reúne tantos valores y enseñanzas que juntas no caben en un recinto legislativo, mucho menos en el lienzo azul planetario y rodante.
Sólo el toreo nos salvará con su esencia. Sólo el toreo es capaz de, mediante su magnificencia, guiar a las almas libres y a los parlamentarios mansos. Que vengan tres naturales de Luis Procuna recostando la cabeza en las curules abaratadas de los diputados de la Ciudad de México para recordarles que esto, tan nuestro como de ellos, es más milenario e importante que la letra muerta de los estatutos de sus partidos políticos. Yo revivo a Lorenzo Garza y lo subo a tribuna para que les dedique a seis o siete impresentables, un brindis tan valiente como el que le hizo al hermano de Ávila Camacho mientras Manolo Martínez se da las tres como presidente de la mesa directiva: él sí sabía mandar.
Aparco libros y remotos. Salgo al patio de mi casa. Un palo de escoba y una cobija vieja son los trastos ideales para jugar al toro y recrearme para exteriorizar mis soledades: dos series con la mano derecha al viento y se advierte en mí “el milagro de la identidad propia”. Soy libre.

