Una defensa moderna para un problema viejo: la tauromaquia en jaque
Carlos Alberto Saucedo Medrano
curromedrano05@gmail.com
Al mismo tiempo que un servidor redacta estas líneas, en otros despachos, dentro y fuera de las fronteras nacionales, existen personas nadando por la densidad de las lides legales para encontrar una ventana que pueda atacar a la tauromaquia.
Una de esos accesos fue el juicio de amparo promovido por la asociación Justicia Justa, mismo que derivó en el reciente fallo que emitió el Vigésimo Segundo Tribunal Colegiado en materia Administrativa de la Ciudad de México y que hace seis días confirmó un Tribunal Federal con la suspensión definitiva de los espectáculos taurinos en la capital del país.
El argumento central de la querella radica en que la celebración de corridas de toros “atenta contra el derecho a un medio ambiente sano”. A su vez, el juez federal Jonathan Bass menciona que “la sociedad se encuentra interesada en que se respete la integridad física y emocional de todos los animales porque son seres vivos que conforman los ecosistemas y que, por consiguiente, contribuyen con servicios ambientales que resultan esenciales para el ser humano”.
Parece que el señor Bass nunca ha visitado una de las más de 280 ganaderías que existen en la república mexicana ni mucho menos entiende que el toro bravo se cría por y para la corrida. Ahora bien, estamos hablando de un juicio de amparo que seguirá su curso, por lo tanto, lejos de la semántica legal, considero que lo importante es la manera en la que se afronta la narrativa que derivó de esta suspensión.
Porque, a la par de una de esas personas que buscó la vía para perjudicar al toreo, hubo otra, no con más talento, que le sugirió al conglomerado dominante en materia empresarial taurina, la idea de lanzar una campaña en redes sociales. Esta consistió en que toreros –más españoles que mexicanos, por cierto– escribieran la palabra libertad en su mano y postearan una fotografía en sus perfiles. Todo un derroche de brillantez.
De ese tamaño es el espectro de reacción que posee el toreo en México. Pero no todo está perdido: existen muchas vías para demostrar que la razón nos asiste, que la tauromaquia es rica en valores, que el toro bravo es garante de la preservación de ecosistemas y que toda la industria taurina, con un eficiente manejo, es generadora de empleos. Todo lo anterior no sabemos cómo comunicarlo.
Este problema viejo y dicotómico de toros sí, toros no; no requiere una defensa apegada a la modernidad. Aquí se requiere una profunda reestructuración de la base comunicativa, un replanteamiento del modelo económico del sector (no me cansaré de repetirlo) y el apego ético a lo que representan los estamentos del toreo nacional.
Aficionados y público en general hemos visto la reciedumbre con la que los toreros se juegan la vida en el ruedo: tomemos el ejemplo para hacer eco real de nuestro derecho a la libertad. La pasividad y las falacias modernas nos decretarán estancamiento.

