La metáfora ambiental para el problema taurino
CARLOS ALBERTO SAUCEDO MEDRANO
Nunca fui escéptico en mis clases de ecología. El profesor Valle (no le gustaban las corridas de toros, pero respetaba mucho a quienes sí) advertía que era inminente el incremento de la temperatura del planeta. Cada clase nos exponía los componentes que hacían subir los grados de temperatura: gases de efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, la deforestación masiva de bosques y selvas, entre muchos más. Recuerdo que eran los 90 minutos más desmotivantes que en una mañana puede tener un joven bachiller.
Desde la semana pasada nos azota una ola de calor intensa. Y las palabras de Valle retumban en los que éramos sus alumnos. El eco es tanto que había que darle un cauce más productivo a la catástrofe del pensamiento. Ahí surge este escrito, el cual, por desgracia, nos traslada a otra crisis más pequeña en comparación con la ambiental, pero de desánimo similar para aquellos a quienes el máster respeta.
¿Que la tala de árboles incrementa el clima de las ciudades? Es cierto. Pues si no dejamos echar raíces a las frondosas estructuras que median el clima, vamos a un abismo. Algo similar pasa con los novilleros: hay que sembrarlos en tierra fértil, regarlos con la sabiduría de la técnica eficaz y –si de verdad radica en ellos la savia del querer ser– ofrecerles oportunidades de que lleguen a lo más alto. Lo anterior con la consigna de que una vez en el sitio van a tirar del carro, como se conoce de manera popular.
Con la cancelación de dos importantes ciclos de novilladas en Guadalajara y León –cortijos Los Fernández y Campo Alegre, respectivamente– se incrementa la crisis del escalafón menor, el cual sigue sin poder encontrar el sano equilibrio económico que lo pueda hacer avanzar. La respuesta en taquilla fue tan pírrica que los organizadores decidieron declinar los demás festejos bajo el argumento de la poca venta de entradas. No recuerdo en mi corta vida de aficionado que un ciclo de festejos menores se viniera abajo por falta de público. Esto es un hasta aquí de los empresarios.
¿Qué sigue después de sufrir los estragos de la problemática ambiental y taurina?: La retroalimentación y el temible consenso. ¿Por qué es temible? Porque es claro que alguna de las partes va a tener que ceder en algo: precios, honorarios o ingresos. Las reminiscencias de Estocolmo, Montreal, Kioto y París, con sus afables acuerdos para cuidar al planeta; pueden llegar en Apizaco, Aguascalientes, Mérida o cualquier ciudad que decidan los estamentos taurinos. No hay imposibles.
En este calor, al igual que en el tiempo difícil del toreo; nos seguirá refrescando el vientecillo tímido de un mejor futuro, o del paliativo moderno del ya pasará.

