El cuerpo ¿equivocado?
Lucía Dinorah Bañuelos
ZACATECAS, ZAC.- Ahora tiene 68 años. Se le nota en la cara, en las manos y en su prudencia, tan ajena a él unos años atrás.
Cuando sintió que era “diferente” a los demás, en especial a sus amigos, él mismo no lo aceptó y sin decir nada abandonó la preparatoria casi al finalizar el segundo semestre; buscó y encontró un “trabajo rudo, de hombre”, que lo hiciera “entrar en razón”.
Así, casi a los 17 años fue peón de albañil por encima del desencanto y enojo de la madre, que no entendía el por qué su hijo mayor dejaba la escuela, pues era el primero en su familia que llegaba tan lejos. Terminaba la jornada exhausto con las manos ampolladas, los pies molidos y el orgullo un tanto magullado. El primer día hasta fiebre le dio.
En la escuela nunca destacó como el mejor estudiante, pero no tenía problema con las matemáticas; no repitió ningún grado. Era creativo, tenía ingenio para contar historias y para decorar sus libretas.
Casi un año estuvo de espaldas en la obra cuando sintió que el trabajo rudo le servía de poco para “corregirse” y decidió enrolarse en el Ejército, donde cumplió los tres años obligatorios de contrato; salió con el carácter forjado, el respeto de sus cinco hermanos (tres mujeres y dos hombres) y el de su madre, pero no encontró lo que buscaba: “No me hice hombre”, dice ahora con una sonrisa burlona.
Fue ahí donde terminó por aceptar su “condición” y al salir le confesó a su madre lo que ya ella sospechaba y se rumoraba “a gritos” en su barrio: que era gay.
Un tiempo de tristeza y complejidades
En la época de la revelación no era muy bien visto alguien diferente al común de la gente. “No fue fácil para nadie en la familia. Mis hermanos eran agredidos porque tenían un hermano ‘joto’ y seguramente también mi mamá, aunque nunca se quejó”, expresa con un dejo de tristeza en su mirada.
Se dedicó a trabajar en lo que pudo para ayudar a mantener a su familia, pues su padre había fallecido unos años atrás. Fincó su casa y encima de esta construyó un departamento para él.
Él no lo dice, pero tal vez la tristeza, la soledad y la impotencia juntas, al sentirse un excluido y señalado, lo empujaron al alcoholismo y este a la prostitución. En sus días de desesperado y reprimido frenesí, abría la ventana de su departamento y, al calor de las copas, gritaba a todo pulmón “quiero un viejo, necesito un viejo”.
Luego del escándalo, comentado por todos a lo largo de esa calle, vino la época en la que se oían llegar de madrugada unos tacones… más de un vecino curioso, por lo que se rumoraba, se asomaba morbosamente por la ventana de su casa para ver a lo que parecía una mujer de gran tamaño, de larga cabellera rizada, vestida con espectaculares vestidos de noche bordados con chaquira y lentejuela.
“Fue una época muy difícil”, confiesa al tiempo que acepta que aunque no fue su intención hacer sufrir a su familia, en especial a su madre, siente que “salir del clóset, como se dice vulgarmente, fue lo mejor que pude hacer. Yo quería ir contra mi naturaleza, pensaba que estaba enfermo, que mi vida no valía nada, que me iba a achicharrar en el infierno, ya sabes todo eso que le inculcan a uno desde chiquillo”.
Vive feliz y con respeto
Más de 40 años después de aceptarse tal cual es, ahora es visto con respeto por su familia y sus amigos, pues se esmeró en darle a su madre una vida cómoda y despreocupada, apoyó a sus hermanos hasta donde sus circunstancias le permitieron y vive feliz, lo único que no consiguió, afirma, es hacerse la operación para transformar su cuerpo, “pero ya no importa, me acepto como soy y así me quiero”.
A propósito del Día del Orgullo Gay, en México, según una encuesta elaborada por la consultora Ipsos, a 19 mil adultos de entre 16 y 74 años de edad, el 11% de la población se consideró no heterosexual, es decir que pertenece a la comunidad LGBTTTIQ+.

FOTO: CORTESÍA
