Elementos iconográficos del “Arte del Buen Morir” en una pintura a San Luis Gonzaga
Rara Avis: Letras, Arte y Cultura Novohispanas
Salvador Lira
Durante el Medioevo y con una amplia prolongación hacia la Edad Moderna se llevó a cabo una serie de representaciones ante la muerte, reconocidos bajo el nombre del Ars Moriendi o “Arte del Buen Morir”. Su consolidación sin duda alguna fue gracias a los testimonios anónimos del Tratactus artis bene moriendi… en 1415 y una versión más breve del mismo ca. 1450-1460. En ellos, en el marco de las consecuencias de la peste negra, se entregaban una serie de recomendaciones que dieron pauta a la configuración de cómo debía ser el individuo preparado así mismo ante la muerte.
Además de esta literatura, se generó para la segunda versión una serie de escenas en imágenes sobre el lecho de muerte. En ellas se representaban cómo es que en perspectiva había que preparar al individuo hacia su muerte, en un registro entre imagen y texto. Al respecto, se realizaron múltiples versiones con amplia difusión, así como lo que podrían denominarse “adecuaciones”, como por ejemplo las realizadas por El espejo de la muerte… de Carlos Bundeto ya en el siglo XVII.
Quizá la imagen más representativa es la del moribundo quien, en su lecho de muerte, sostiene una vela y observa un crucifijo. En el tradicional imago, están los ángeles vigilando y alentándolo a su arrepentimiento para una transición hacia el espacio celestial, en contraposición con el demonio que busca persuadirlo y que caiga en la tentación. Tal escena cuenta con innumerables reproducciones, tanto literarias, como artísticas, para diversos personajes e inclusive fue parte de todo un protocolo ideal para la muerte de monarcas.
En esa idea debe ser leída la pintura Muerte de San Luis Gonzaga ca. Siglo XVIII, perteneciente al Museo Nacional del Virreinato. La obra en general cuenta con dos planos: en el primero inferior se observa moribundo al jesuita, quien con una mano sostiene una cruz, que mira casi al punto de su muerte, mientras que con la otra se encuentra el retrato de la virgen. Múltiples ángeles y querubines se acercan para su exaltación, siendo singular uno de ellos quien le entrega unas flores, en señal de santidad. En el segundo plano, superior, se encuentre el mismo santo ya revestido, quien da pleitesía y reverencia a la virgen, apoyado de otros ángeles y querubines. Es notable, por lo demás, la ausencia del demonio. Esto quizá por la propia calidad del santo. Con todo ello, la pintura se inserta dentro de la tradición del Ars moriendi, por supuesto apreciaciones pictóricas para un mensaje alegórico de transcendencia y santidad.


