Los libros en el retrato Juan Ignacio de Castorena y Ursúa
Juan Ignacio de Castorena y Ursúa fue de los personajes más influyentes en la cultura letrada a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Su participación en el mundo de las letras novohispanas es nodal. Nada menos que a él se le debe la edición póstuma de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz, publicadas en la península ibérica. Y, de esa cumbre, una gran nota de méritos, textos y rituales festivos que generó o impulsó; desde apologías pro borbónicas, sermones, poemas, entre otros.
La carrera del zacatecano fue amplia. Llegó a ocupar el puesto de rector de la Real Universidad y de chantre en la Catedral de México, donde le tocó asumir responsabilidades cuando dio el caso sede vacante. Fundó la Gaceta de México.
Su último puesto fue el obispado de la catedral de Yucatán. El cargo fue otorgado el 6 de julio de 1729. Murió en 1731, ostentando la mitra yucateca.
Como parte de la tradición de retratos de Estado, el jesuita fue motivo de una representación pictórica, con los atributos de poder eclesiástico, hecho que ya hemos observado en otro espacio. Fue pintado por Nicolás Rodríguez Juárez. Al zacatecano se le observa de pie, con su ropaje de jesuita que se entrevé en su cuello, dado que está ataviado con túnica blanca y roja, propia de su puesto, así como una cruz en dorado. En su mano izquierda sostiene un papel, signo de hombre de Estado, mientras que en la derecha se apoya en una mesa con varios libros, dos plumas y la mitra. Una cartela, con sus méritos, se sitúa en la parte inferior izquierda. Detrás de él, una columna y otro librero, con varios títulos.
Las obras que se indican en la pintura son pieza clave para entender el pensamiento del jesuita, ya que es un recurso que muchos hombres de letras indicaban en la integración de sus retratos. Suponemos, por tanto, que esos títulos fueron a sugerencia de Castorena, lo que puede confirmarse con la introspección de sus obras.
La de mayor importancia por su cuidado, argüimos, es la Escuela Mística de María Santísima en la Mística Ciudad de Dios, que justo se encuentra a un lado de la mano derecha del jesuita. La obra, en sí, es de sor María de Jesús de Ágreda, quien fuera una de las mujeres también de amplia trascendencia en el siglo XVII.
Este libro y la autora fueron en algún tiempo observados por la Inquisición. Tuvo reimpresión en muchos lugares de la Monarquía Católica. Justo, al tiempo en que se realizaba la pintura, Castorena preparaba una versión que salió a la luz en 1731, por la casa impresora de Joseph Bernardo de Hogal, lo que da cuenta de la estimación del título en ese momento. Dicho libro cuenta con un prefacio de gran relevancia por el jesuita. Así, el retrato de Nicolás Rodríguez Juárez da cuenta y estima la producción del zacatecano, en una confluencia entre parecer, méritos, poder y letras.

