Recorrido en la Iglesia de Santo Domingo

El otro día tuve la oportunidad de entrar a las criptas de la iglesia de Santo Domingo, son espacios pequeños, pero llenos de historia, ya que es posible analizar desde diversas perspectivas.
Pero ese no es el único punto que ahora quiero comentar, sino que además del ingreso a las criptas, recibí amablemente un tour por la mayoría de los espacios de dicho inmueble religioso.
Si vemos de frente el templo, de lado izquierdo, es decir, el que colinda con el hoy museo Pedro Coronel y que en antaño fuera el colegio jesuita, se ubican varios salones que son utilizados para actividades propias de la iglesia.
Pero ahí mismo está la escalera que comunica la planta baja con la intermedia, espacio en donde está el órgano y de ahí la siguiente escalera para el campanario y la azotea. Para mí resultó una grata y enriquecedora experiencia, pues para las personas en general no es común lograr entrar a dichos espacios.
Al momento de subir no tuve la impresión de temor como en muchas ocasiones se dice, tampoco de una paz abrumadora, sino de una experiencia terrenal combinada con asombro arquitectónico de amplia belleza.
Al inicio de la subida, las escaleras eran bastante comunes, incluso podría decirse que modernas en el sentido del tiempo que llevan ahí, en otras palabras, creo que fueron colocadas en el siglo XX; pero al llegar al órgano di un salto hasta el mediodía del siglo XVIII.
Comenzó una travesía en el tiempo que me llevó siglos hacia atrás. Pues a un lado del órgano se encuentran varias salas con ropajes litúrgicos desde el siglo XIX, están resguardados, pero polvorientos, es normal, pues tienen muchos años ahí.
Hay libros, misales en su mayoría. Están escritos en latín y tienen características de ser decimonónicos y del siglo XX, pero hay otros más que si no me equivoco, son biblias y otros libros de carácter teológico, que al igual que los ropajes tienen polvo, más no se piense que están abandonados.
Posteriormente y continuando el ascenso, pasé por unas escalinatas pequeñas, bastante reducidas, de piedra y de estilo caracol, llegué a una escotilla de madera que se tiene que brincar para subir a la azotea desde donde se toca la cuerda que acciona el badajo de la campana. Ahí también es posible observar los orificios que dejó el mecanismo utilizado por el reloj que estuvo hasta principios del siglo XX.
Ya sobre el techo del casi tricentenario edificio, obtuve una panorámica de la ciudad como nunca imaginé verla. Me sentí cercano a la Catedral, pero también a La Bufa y hasta el teleférico, aunque paradójicamente próximo a las calles Genaro Codina (antes de la Compañía) y la plazuela de Santo Domingo.
Las arcadas de la azotea además de aliviar el peso en el centro de la bóveda, tienen la función de desagüe, situación por demás hermosa y funcional. En otras palabras, funcionan como un laberinto que conduce el agua desde la parte más elevada hasta la calle sin causar humedad en su transcurso descendente.
Finalmente, es común observar a personas zacatecanas confundiendo los puntos cardinales en la ciudad, y para ello, es fácil y funcional lo que a continuación describiré: las torres de Santo Domingo apuntan al oriente (la que colinda con la calle) y el occidente (la del museo); por su parte las torres de la Catedral apuntan hacia el norte (la de Plaza de Armas) y hacia el sur (la de rinconada).
Entonces aunque el recorrido nos lleve a imaginar la vida de los religiosos en el siglo XVIII, XIX y XX, este inmueble es un tesoro monumental, histórico y arquitectónico de Zacatecas. Agradezco a Alejandro de la Rosa por permitirme viajar en el tiempo.
