Semillas de calabaza
JESÚS DOMÍNGUEZ CARDIEL
En una bolsa de estraza, grapadas o simplemente con un doblez correcto para evitar el derrame, colocadas en forma llamativa en una canasta, así se vendían las famosas semillas de calabaza.
Esta es otra de las tradiciones que por muchos años circularon en las calles del centro de Zacatecas, que poco a poco se han adaptado a la venta en puestos semifijos y ahora con bolsas de celofán y cerradas con fuego.
Sin embargo, es de verse que aun en el Jardín Independencia, popularmente conocido como “de los pájaros caídos”, se venden tal y como se hacía en el siglo pasado, pues los, generalmente señores de avanzada edad, continúan vendiendo el sabroso producto.
La elaboración varía según las personas, pero como se venden en costales ya secas después de haber sido extraídas de las calabazas, se colocan en un sartén, olla o cazo, según la cantidad, y con una porción adecuada de agua comienzan a cocinarse, en el proceso, se va añadiendo sal y al evaporarse el agua, quedan listas para su empaquetado.
Esta es otra de las actividades que requieren maestría, pues saber la ración exacta es cuestión de la experiencia y también, de algún medidor que se tenga; regularmente es una pala de cocina que permite el llenado.
Los precios han variado en muchas ocasiones, por lo general van incrementando, pues los productos rara vez descienden en valor. Aun así, recuerdo que en la década de los 90, cuando comenzaron a circular los nuevos pesos, por allá del año 93, una bolsita de las más pequeñas costaba 50 centavos.
Obviamente se pagaba con aquella moneda dorada que tenía en el verso el año de acuñación y el numeral seguido de una guirnalda con motivos prehispánicos en su parte inferior, mientras que en su anverso, la tradicional águila del escudo nacional y el nombre oficial del país, “Estados Unidos Mexicanos”.
Como era de esperarse, los precios y las cantidades aumentaban proporcionalmente hasta llegar a los cinco pesos. Quien compraba más allá de aquella cantidad lo hacía bajo otros términos. Lo aquí referido es en cuanto al menudeo y el antojo callejero.
Para la degustación también hay una especie de ritual o manera de realizarla, pues se debe tomar una por una, agarrarla de la parte más ancha y llevarla a la boca precisamente en los dientes incisivos y con una mordida certera pero tenue, abrirla y extraer la parte comestible.
Entonces, una por una se iban comiendo hasta terminar la bolsita; la lengua y los labios quedaban escaldados pero con un sabor riquísimo. Asimismo, la basura era tirada en el suelo y algunos pájaros las terminaban consumiendo, actualmente se proporciona otra bolsa para colocar los residuos.
Finalmente, hoy continúan vendiéndose, aunque las presentaciones varían cada vez más y ya no solamente las venden señores con su característico sombrero y camisa a cuadros, sino señoras, señores, jóvenes, niños y niñas; continúan las canastas pero ahora hay más productos. Sin duda otra de las tradiciones zacatecanas.

