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En la mira

Mi bebé se chupa el dedo. ¿Debo preocuparme?

Pocas imágenes parecen tan tiernas y tranquilizadoras como la de un bebé dormido mientras se chupa el dedo. Para muchas familias, este hábito forma parte de la infancia y suele interpretarse como una conducta inofensiva. Sin embargo, cuando el tiempo pasa y el hábito persiste, comienzan las dudas, los consejos familiares y también las preocupaciones: “se le van a enchuecar los dientes”, “déjalo, se le quitará solo”, “ponle chile en el dedo”, “es por nervios”. 

Chuparse el dedo es un reflejo natural. De hecho, algunos bebés comienzan a hacerlo antes de nacer. Esta conducta cumple una función importante: les proporciona seguridad, calma y autorregulación emocional. Es una manera de relajarse ante el sueño, cansancio, aburrimiento o situaciones de estrés.

La succión digital en los primeros años de vida suele ser un hábito normal y transitorio. Generalmente desaparece de forma espontánea entre los 2 y 4 años conforme el niño desarrolla otras formas de adaptación emocional y social. Sin embargo, puede convertirse en un problema cuando persiste tras los 4 o 5 años o se presenta con alta intensidad y frecuencia.

¿Por qué preocupa tanto a los odontólogos y especialistas? La persistencia del hábito de chuparse el dedo puede alterar el crecimiento adecuado de los maxilares y la posición de los dientes, favoreciendo problemas como la mordida abierta, la protrusión dental y las dificultades en la habla o la deglución. 

Su impacto depende de la intensidad, frecuencia y duración del hábito, por lo que la intervención temprana y el acompañamiento familiar son fundamentales para prevenir complicaciones. Además, algunos niños pueden presentar cambios en la forma del paladar o problemas respiratorios asociados a hábitos orales persistentes, sin embargo, no todos los niños que se chupan el dedo desarrollarán deformaciones severas.

Frente a esta situación, muchas familias recurren a métodos desesperados: poner sustancias amargas en los dedos, regaños constantes, castigos o burlas. Y aunque estas estrategias siguen siendo comunes, la evidencia muestra que pueden generar ansiedad, culpa y mayor necesidad emocional del hábito. Es decir, el problema puede empeorar. 

Por ello, se recomienda un abordaje gradual, respetuoso y positivo, identificando en qué momento y bajo qué condiciones el niño aprovecha para chuparse el dedo. Y sí, la atención odontológica temprana también es importante.

El odontopediatra puede valorar si ya existen cambios en la mordida y orientar a la familia sobre el mejor momento para intervenir. Actualmente existen estrategias conductuales y, en algunos casos específicos, dispositivos intraorales que ayudan a eliminar el hábito cuando persiste y comienza a afectar el desarrollo bucal.

Más allá de los dientes, este tema también aborda algo profundamente humano: la necesidad de consuelo y seguridad en la infancia. Tal vez el mensaje más importante para madres y padres sea este: chuparse el dedo no convierte automáticamente a un niño en un paciente con problemas dentales. Pero ignorar el hábito por completo tampoco es la mejor opción. Entre el alarmismo y la indiferencia existe un punto de equilibrio: observar, orientar y actuar oportunamente cuando realmente sea necesario. Al tiempo.