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Luna Nueva 

El amor no ha muerto

Lucía Dinorah Bañuelos 

Más de una vez he escuchado decir que la institución del matrimonio está  en crisis. Lo he oído en casa, en la escuela, en misa, en pláticas formales e informales.

Sinceramente estaba de acuerdo,  pues yo misma soy prueba del fracaso matrimonial, sin embargo nunca me había detenido a analizar con seriedad las causas, cómodamente me quedé con el firme argumento de que los jóvenes huyen al compromiso.

Tal vez sea verdad, pero no toda. 

Es innegable que el matrimonio tradicional no está en los planes de las  nuevas generaciones, pero no siempre es por miedo al compromiso, tiene mucho que ver que actualmente las mujeres gozan de mayor libertad, que aunque nunca es suficiente, en general ahora tomamos nuestras propias decisiones. 

Partiendo de ese punto,  creo que lo que realmente está en crisis es el matrimonio tradicional,  en el que los roles son muy definidos: el proveedor y la administradora; el que sale y la que se queda, el que tiene permiso casi de todo y la que debe quedarse a dar el buen ejemplo…

De acuerdo con el documento Participación Laboral de las Mujeres en América Latina: Contribución al Crecimiento Económico y Factores Determinantes, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), «los últimos 30 años se produjo un aumento sustancial de la tasa de participación laboral de las mujeres en América Latina, lo que cambió para siempre los mercados laborales y la vida de ellas y de sus familias».

Sumado a ello, el nivel educativo de la mujer también ha evolucionado. Mi abuela fue unos meses al párvulo, apenas aprendió a deletrear algunas palabras, los números y a hacer «cuentas», el estándar de sus tiempos; mi madre quería ser enfermera, pero donde vivía sólo impartían primero y segundo grados de primaria, lo suficiente para una mujer que debía aprender a tortear, ordeñar, lavar ropa y atender al marido y a los hijos, sólo le alcanzó para estudiar el primer grado y siete años consecutivos de segundo de primaria, hasta que el profesor ya no la recibió porque ya era muy grande y ahí terminó su aspiración; yo subí varios escalones más y mi hija otros más.

De acuerdo con los últimos reportes de la Secretaría de Educación Pública, en México, alrededor de 2.7 millones de mujeres cursan estudios de nivel superior (licenciatura) de un total de 5.1 millones de estudiantes, representando poco más del 50% de la matrícula. Además, la presencia femenina es incluso mayor en la titulación y en posgrados, superando el 50% en muchos casos.  

Todo ello trae como consecuencia el cambio de mentalidad femenina y su ingreso al mercado laboral con la consecuente generación de sus propios recursos y si vemos que también los hombres se preparan más -en general-  por obvias razones, a ambos les interesa menos el matrimonio convencional  porque sus prioridades son diferentes.

Antaño era casi una regla -no escrita- que a determinada edad una ya debía estar casada, y bien casada -por el civil y la iglesia- para formar una familia bien vista por la sociedad  y tener hijos. Mi papá me dice que parecía que era un concurso de a ver quién tenía más hijos, de 10 para arriba… unos vecinos de toda la vida de mis padres tuvieron 23 hijos, sólo sobrevivieron 15.

Ahora las prioridades de los jóvenes son otras, quieren prepararse, estudiar, viajar, tener tal vez compañía para el viaje, la diversión y tal vez apoyo emocional, pero nada de ataduras que coarten sus aspiraciones… y de hijos ya ni hablamos, dicen que son mucha responsabilidad, que son muy caros y que vivimos en un mundo muy feo, que sería una inconsciencia traerlos a sufrir.

No por nada, según el Inegi, la juventud mexicana ha pospuesto el matrimonio para cuando cumplan sus sueños o sucumban en el intento. La Estadística de Matrimonios (EMAT) 2025 muestra que el amor en México se está volviendo tardío, al menos en el papel, es decir, en el contrato nupcial.

La edad promedio para firmar el acta matrimonial, actualmente es de 35 años para los hombres y 32.1 para las mujeres, las cifras del Inegi muestran que contraer matrimonio de los 20 a los 29 años fue una norma del siglo pasado que está quedando en desuso.

Son contrastantes las edades, mi abuela se casó a los 14 años; mi abuelo tenía 17 y cumplieron su juramento… la muerte de mi abuela -que tuvo 10 hijos- fue el fin del contrato nupcial.  Yo me casé a los 18 y me divorcié, no me resigné, como mi abuela, a cargar la cruz que Dios me dio y mi hija ¡se casó a los 30!

Si bien es cierto que al día de hoy son menos los matrimonios formales -con contrato firmado y juramento ante el altar- el amor no ha muerto. Hay muchas formas que cada vez se van normalizando de relaciones de pareja que se acomodan a los tiempos actuales.

Ahora es muy común que las parejas vivan en unión libre con hijos o sin ellos. También hay parejas que se identifican como tal, con un compromiso de por medio tanto emocional como económico, pero cada quien en su casa, para no perder independencia ni su espacio.

Hay quienes comparten el mismo techo, se identifican como pareja, pero no firman el acta de matrimonio porque así la mujer recibe múltiples apoyos que ahora el gobierno da a las madres solteras o  las madres jefas de familia, entre otros… ¡qué tramposos!, pero los hay.

Hay parejas que firman una especie de contrato por el cual se dan lo que necesitan mutuamente a cambio de una retribución económica -no estoy muy de acuerdo en que califique como pareja, pero conozco algunas y dicen que están muy agusto así-; con la magia del internet, hay parejas a distancia, incluso que uno está en un país y la otra en otro,  y por supuesto también están las uniones de personas del mismo sexo.

Es evidente pues, que el amor no ha muerto o que haya crisis en el matrimonio, porque compromiso hay, el matrimonio tradicional sencillamente ha evolucionado, como todo en el mundo en que todo está en constante cambio, no tendría por qué ser la excepción  la forma de convivencia afectiva-amorosa estipulada en un contrato.

El amor no ha muerto, insisto, la modernidad lo ha vuelto “tardío” en el papel.