En la mira
Creer o saber: cómo nuestras creencias influyen en nuestra salud

En temas de salud, no siempre actuamos con base en la evidencia, sino en lo que creemos. Las creencias en salud forman parte de nuestra vida cotidiana: desde remedios caseros hasta ideas sobre enfermedades, tratamientos o hábitos. Muchas de ellas se transmiten en la familia, la comunidad o por experiencias personales. Pero, ¿qué tan seguras son?
Las creencias en salud son ideas que las personas construyen para explicar las enfermedades y cómo prevenirlas o tratarlas. No son necesariamente incorrectas, pero tampoco siempre son precisas.
Su fuerza radica en que influyen directamente en nuestras decisiones: cuándo acudir al médico, qué tratamiento seguir o incluso qué ignorar. Por ejemplo, es común escuchar que “si no duele, no es grave” o que ciertos padecimientos “se curan solos”.
Estas ideas pueden retrasar la atención oportuna y agravar condiciones que, detectadas a tiempo, tendrían mejor pronóstico. De la misma manera, confiar únicamente en remedios tradicionales sin evaluación adecuada puede generar riesgos innecesarios, especialmente cuando se sustituyen tratamientos indicados.
Además, las creencias también moldean la percepción del riesgo. Hay personas que subestiman síntomas importantes porque creen que “no es nada”, mientras que otras pueden alarmarse en exceso por información incompleta.
Este desequilibrio afecta la manera en que se toman decisiones, generando tanto omisión como sobreutilización de servicios de salud.
Un elemento clave es que las creencias no se forman de manera aislada. Están influenciadas por factores culturales, educativos, sociales y económicos. Lo que una persona considera “normal” o “seguro” en salud puede ser muy distinto para otra. Por ello, no basta con informar; es necesario comprender el contexto en el que esas creencias se construyen.
En la actualidad, este fenómeno se ha intensificado con el acceso a información digital. Las redes sociales han facilitado la circulación de contenidos sin sustento, que muchas veces se presentan como verdades absolutas. Esto ha generado un entorno donde distinguir entre información confiable y opiniones personales resulta cada vez más complejo.
Sin embargo, no todas las creencias son perjudiciales. Algunas promueven conductas positivas como la prevención, la higiene o el autocuidado. El desafío consiste en identificar cuáles aportan bienestar y cuáles pueden representar un riesgo.
El punto de partida es desarrollar pensamiento crítico. Preguntarse de dónde proviene la información, si existe respaldo profesional y si ha sido validada por fuentes confiables permite tomar decisiones más informadas. Escuchar la experiencia personal es válido, pero no debe sustituir el conocimiento fundamentado.
También es importante asumir un rol activo en el cuidado de la salud. No se trata sólo de recibir información, sino de analizarla, contrastarla y aplicarla de manera consciente, implicando reconocer que nuestras creencias pueden cambiar y que actualizar lo que sabemos es parte del autocuidado.
La reflexión es clara: ¿lo que creemos sobre la salud nos ayuda a vivir mejor o nos expone a riesgos innecesarios? Entender esta diferencia es fundamental para mejorar nuestra calidad de vida. Porque, al final, la salud no sólo se construye con lo que hacemos, sino también con lo que pensamos y decidimos creer. Al tiempo.
