Aumento del salario mínimo, ¿mito o realidad?
Iván López
Cada final de año entra a la discusión pública el aumento del salario mínimo, donde predomina la opinión de gente que no sabe de economía o que la aprendió mal, argumentando que a mayor aumento habrá mayor bienestar en las familias. Nada más falso: el incremento desproporcionado del salario mínimo genera inflación y desempleo y, paradójicamente, será la gente que gana el salario mínimo –como meseros, trabajadores de las maquiladoras, la hotelería, comercios al por menor o de trabajos poco calificados–, los que llevarán la peor parte.
Primero veremos los argumentos de los que afirman, sin ningún sustento válido, que el aumento del salario mínimo no genera ni inflación ni desempleo. Para ello proponen cuatro escenarios:
Según está lógica, ante el aumento en el costo de los salarios de sus trabajadores el empresario puede simplemente reasignarse a tener menos utilidades, pero esta medida sólo es temporal, es desconocer la naturaleza humana, ¿quién en su sano juicio acepta ganar menos sólo por un decreto gubernamental? Las utilidades previas deben restaurarse por otras respuestas de parte de la empresa o de lo contrario corren el riesgo de cerrar sus puertas.
La capacidad de una empresa para absorber los aumentos de los costos de salarios depende de su nivel de utilidades, las cuales de por sí están muy dañadas por la pandemia y además el aumento ahuyentará las nuevas inversiones ante las expectativas de pocas utilidades.
Segundo, supone que la empresa puede transmitir el incremento del costo del salario al consumidor final, a través de precios más elevados, es decir, la capacidad de dominio de su mercado por parte de la empresa de que, donde, por más que suba su precio la gente siga comprando igual, por ejemplo, las empresas de refrescos, cervezas, cigarros, botanas, estas se pueden dar el lujo de subir sus precios y seguir con las utilidades, pero estos casos son pocos y representan un porcentaje muy pequeño del total de trabajadores.
El tercer enfoque es el modelo de choque, que significa que donde el incremento en el salario mínimo legal resulta un incentivo para que gerencias descuidadas realicen mejoras de eficiencias y pronto alcancen una producción mayor, suficiente para compensar el aumento del costo, es decir, supone que una gerencia perezosa se conforma con obtener ganancias satisfactorias, en vez de lograr las máximas posibles, y por tanto, el aumento las “despierta” y las llevará a maximizar esas ganancias. ¡Una bendición, pues!
El cuarto enfoque espera que el incremento no se expanda y quede limitado al grupo social que gana menos, es decir, que la gente que gana más de un salario mínimo no reciba ningún aumento, esto es, evitar lo que se ha llamado el efecto faro. Pero sabemos que el aumento del salario mínimo en la frontera generó muchas huelgas donde los trabajadores que ganaban más de un salario mínimo exigían un aumento proporcional y lo lograron. Así es como actúan los sindicatos de este país.
Con todo, estos argumentos podrían tener razón si se tratarán de aumentos limitados en el salario mínimo, pero este no sería el caso ya tenemos un historial acumulado bastante amplio, con incrementos de 16% en 2019, de 20% en 2020, de 15% en 2021 y 22% para 2022, pasando de 102 a 172 pesos en menos de cuatro años: no es sostenible tanto aumento en tan poco tiempo, porque, entre otros efectos, obligarían a los empresarios a subir el precio y bajar la producción. Se agotarán los mejoramientos que la gerencia no había explotado: todo tiene un límite. En algún punto la demanda de trabajo se vuelve negativa. No es necesario sacar la calculadora: Mayores precios significan menores ventas, esto a su vez, significa menos producción y por tanto, menos trabajo necesario, es decir, habrá despidos. En síntesis, a mayores salarios, menores trabajadores contratados.

