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El torero asceta y la nueva gran depresión
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El torero asceta y la nueva gran depresión

Orejas y rabo

Carlos Saucedo Medrano

curromedrano05@gmail.com

Una mañana entre otras mañanas, José Tomás decidió bajar de su propio exilio. El monte Cuesta Blanca, sin alejarse tanto a los paisajes serranos del Aguascalientes de su corazón, fue quedándose tras de él a medida que sus pasos encadenaban el andar pausado de su esquelética figura.

La madera agreste de su bastón y una túnica color marfil hacían juego con su entrecana barba que pendía del respingado cartílago. Todo apuntaba al sur y el mundo del que decidió apartarse mostraba los cambios propiciados por el hambre, la polarización, el encarecimento y los falsos líderes. Cruzar más de 360 kilómetros desde Galapagar a Jaén le permitió al anacoreta de los ruedos examinar la nueva sociedad.

El toreo como mecanismo de expresión acerca al mortal con el descubrimiento de la verdad, una verdad de la que José hizo estandarte y que un día le hizo subir al monte para vivir en su soledad el retiro intermitente. La misma verdad que hoy se echa en falta por cada rincón de nuestro dubitativo círculo.

Finalizado el peregrinaje, la casulla y la vara se convirtieron en un terno color tabaco y oro, sin embargo éste refractaba un gris seco. El paso cansino tomó aires señoriales y ataviado en su leyenda propia, cruzó el albero de La Alameda. La presencia del mito movió masas, lo que provocó ver abarrotados los tendidos: pocas veces el vulgo y los no neófitos en esto del toreo tienen la oportunidad de encontrarse con él.

Sin embargo, a toda la expectación le correspondió la siempre malaventurada decepción: toros faltos de trapío y bravura. Materia prima que no concordó con el rocío de expectación que cundía. No hay explicación para que un hombre con poderes casi místicos tenga el mal criterio de seleccionar un ganado como el que saltó en su regreso a los alberos. Aunque quizás sí exista una aproximación a este sinsentido:

La gran depresión se hizo de José Tomás para aniquilar los valores de antes y con eso llegó convertido a Jaén en el Príncipe de los tiempos actuales: total aversión al riesgo que supondría apostar por un planteamiento diferente de corrida y así rivalizar con los toreros que lideran el escalafón. Es probable que, un estrato de la afición taurina sintiera el vacío que supone ver a alguien con la capacidad de revolucionar el toreo actual, en un torero sin planteamiento claro y cercano a la abulia del día a día.

La mágica conversión del viejo caminante al príncipe de oro terminó. José Tomas regresó a su montaña acorazada para, entre los libros de Dostoievski y Hesse, modelar su esencia torera. Ojalá Alicante pueda verlo en todo su esplendor.