El triunfalismo: realidad y nicho de oportunidad en el toreo
Carlos Saucedo Medrano
“Yo no sé de toros. De toros saben las vacas, y eso, algunas”.
Manolo Martínez
Atrévase el lector a ir a un museo. Observe una obra, la que más le agrade y ose calificarla. ¿Cómo lo haría? Una escala del uno al 10. Muy buena, buena, mala, regular. ¿En qué basar el criterio para darle una valoración? La mujer que vio el cuadro al óleo fue exigente con su pintor y lo dejó en “bueno”, en cambio el hombre que juzgó la acuarela le dio un seis.
El ejemplo anterior se aproxima, de manera ínfima, al trabajo de los jueces de plaza. Claro que existen criterios marcados para ofrecer o no premios después de las faenas. Sin embargo, su labor no deja de ser esta: premiar, con base en su criterio de aficionado -y profesional, en el mejor de los casos- la labor del matador en función de las condiciones del toro que enfrentó y de la valoración que el público hace de la misma.
Cuatro puertas del príncipe en Sevilla y otra que se le negó a Andrés Roca Rey, junto a los sonados triunfos de la recién finalizada Feria de San Marcos, traen a colación esta reflexión sobre las premiaciones en los ruedos. Hay algunos puntos a analizar al respecto:
El primero: dos años sin temporada taurina “normal” son aliciente para que, una vez retomadas las ferias, el público tenga ganas de fiesta. Sí, fiesta, en su máxima expresión: baile, banda, alcohol, tablaos y carpas. Aquí y allá hay fiesta. Hasta el más purista de los aficionados requiere unos tragos para aguantar una bueyada de La Estancia, Xajay o Juan Pedro. ¿Prohibir la ingesta de alcohol en las corridas? Emana más emoción en una embestida de un toro bravo que de una bota “tres zetas”.
Segundo: está repuntando la asistencia de muchos jóvenes a las corridas. Y es que, como bien lo decía el periodista Federico Arnás -en una de las valiosas entrevistas que genera el grupo Redes Culturales Taurinas- lejos de ahuyentar a los jóvenes, estos asisten por la curiosidad de saber por qué les venden al toreo como “algo prohibido” incentivando su expectación. A todo ese público nuevo hay que saberlo encausar por una vía óptima que les permita aspirar a ser férreos defensores de la tauromaquia.
Es claro y evidente: hay un sobrado triunfalismo en la tauromaquia de hoy y en lo particular lo considero un área de oportunidad importante. Y es que, esa algarabía que desemboca en premios, bien puede guiarse en criterio claro, sensibilidad taurina y, sobre todo, formación de afición. Para ello será necesario que los palcos homologuen criterios al momento de dar los trofeos y que el aficionado, el público y todos quienes ingresan a una plaza, muestren voluntad por aprender de toros en todas las vertientes que ello implica.
Qué bueno que las plazas estén registrando entradas favorables y que el público esté disfrutando del espectáculo. Esa tónica debe prevalecer.

