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Los principios que me heredó mi padre
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Los principios que me heredó mi padre

Cristina Ávila Zesatti

 

Humanista, pacifista, animalista y periodista. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del Valle de Atemajac, máster en Guiones Documentales por la Universidad Complutense de Madrid y diplomada en Cultura de Paz por la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabajó para diversas cadenas internacionales como CNN, NBC y como Jefa de Corresponsales en NBC-Telemundo en México.




Siempre he dicho (y lo seguiré diciendo) que tuve como padres a dos seres excepcionales… Así que hoy, a propósito del recién pasado Día del Padre, y a propósito también de la experiencia (no tan linda) que ahora estoy atravesando, permítanme contarles tres anécdotas sobre quién era y qué principios me heredó mi padre, Jacob Ávila Márquez:

 

La primera historia es de cuando Jacob era empleado en una tienda de jarciería en Zacatecas. Mi padre tenía el oficio –hoy casi desaparecido– de talabartero (¡amo esa palabra!) y su patrón, un conocido empresario zacatecano, le llegó a tener tal estima a mi papá, que decidió regalarle (sí, regalarle) un hermoso terreno, sabiendo como sabía que «don Jacob» amaba el campo y la tierra. Tiempo después, el gobierno decidió que usaría precisamente esa locación para no sé qué (nunca lo recuerdo, porque no me importa)… el caso es que el gobernador del estado en persona de aquella época, que también era amigo cercano de mi padre, vino a hablar con él y explicarle que «necesitaban esos terrenos», pero que en correspondencia, él (el gobernador en persona pues) se encargaría de que le entregaran una propiedad igual o mejor a la que le estaban expropiando…

 

¿Qué pasó? Bueno, que mi padre no firmó ni hizo firmar nada al gobernador, porque lo consideraba «un gran amigo, casi su hermano» y le parecía que pedirle firmar un documento era casi insultarlo, porque «le había empeñado su palabra y por lo tanto su honor»… Vuelvo a preguntar «¿Qué pasó?» pasó lo que muchos de ustedes ya anticipan ahora: ni el gobierno ni el gobernador cumplieron su palabra (donde obviamente no había honor) y poco tiempo después de aquél incidente, mi padre sufrió un accidente que lo dejó parapléjico… La «justicia» llegó décadas después, y llegó a medias, gracias a otro amigo de la familia, que enmendó (como pudo) aquel robo a «palabra armada» con el que engatusaron a mi padre… Cada vez que nos contaba aquello, lo hacía sin rabia y afirmando que para él «la palabra de un hombre es un contrato», y que la palabra, la propia y la ajena, hay que saber honrarla. Primera enseñanza de vida que aún conservo.

 

La segunda anécdota sucedió cuando mi padre, ya postrado de por vida en una cama por una paraplejía, decidió dedicarse a hacer algo que siempre le gustó hacer y casi nunca pudo por temas de tiempos: Escribir. Escribía todo el tiempo: acrósticos, poemas, ideas, copiaba frases de libros y nos pedía siempre a nosotros, sus hijos, que le revisáramos aquellos textos para ayudarle a corregir su ortografía y su sintaxis… «yo casi no estudié mija, su mamá sí escribe mejor que yo». 

 

Efectivamente, de niño, mi padre sólo estudió hasta cuarto de primaria porque tenía que trabajar para ayudar a mantener a sus hermanos, y luego, ya de adulto y siendo un hombre casado, retomó la escuela hasta llegar a ser profesor de Dibujo Técnico en la Secundaria Federal Número Uno,  donde ejerció y enseñó hasta que un día la vida le dio y nos dio un vuelco y lo mandó a pasar el resto de sus días en una cama frente a dos ventanas, cuyos límites eran su conexión con el pedacito de cielo zacatecano que alcanzaba a ver… pero por dentro, mi padre, don Jacob, empezó a volar con su imaginación y sus escritos y sus poemas, hasta que finalmente se animó con un texto más largo y más ambicioso: sus memorias sobre la vida en el rancho y la llegada de la Guerra Cristera, que él y su familia vivieron siendo –además– de los primeros pocos «protestantes» de Zacatecas… 

 

¿Qué pasó? Que un buen día, orgulloso de aquel logro, le pidió su opinión y crítica sobre su texto a un «gran amigo suyo» a quien le prestó el cuadernillo donde escribió sus memorias, para que «su amigo» le dijera qué le parecía y qué podía corregirse… Y ¿qué pasó? (vuelvo a preguntar)… Bueno, que –como muchos de ustedes ya anticiparán– aquel amigo nunca le dio su opinión a mi padre; en cambio, hizo algunos mínimos ajustes al texto (¡a las memorias de mi padre!) y registró «el cuento» como propio en un concurso municipal, que por cierto ganó (con un texto ajeno). Cuando mi padre hablaba del asunto, lo hacía también sin rabia aunque sí con desilusión, y decía que al menos le consolaba saber que esa historia (su historia) se había conocido, y que el premio –a su amigo plagiario– era señal de que a la gente le había gustado leerlo. Segunda lección de vida: «concéntrate en lo esencial y en lo que perdura, más allá de la maldad personal».

 

La tercera y última anécdota que contaré hoy aquí (aunque obvio, ¡tengo muchísimas más!) ya tiene que ver conmigo, con un evento que me sucedió a mí y donde mi padre intervino con su consejo: Después de sufrir un secuestro en CDMX mientras yo trabajaba para NBC, tardé varios meses en reponerme de aquel evento, pero cuando yo ya casi me disponía para irme a vivir a Europa por segunda vez, trabajé como productora ejecutiva de un documental para la Televisión Alemana sobre la violencia en México (¡desde entonces andamos en esas!) y ahí, sabiendo que habían apresado a quien fue mi secuestrador, me ofrecí para entrar al reclusorio y entrevistarlo… Yo tenía un interés profesional, por supuesto, pero tenía también un interés personal: confrontar a mi agresor y tratar –al menos tratar– de comprender cuál era el móvil interno de sus acciones, porque obvio, no fui la única mujer a la que secuestró. Finalmente, el productor de la Televisión Alemana decidió que era mucho riesgo innecesario y me prohibió hacer aquella entrevista… cuando yo regresé por unos días a Zacatecas, y le conté a papá mis razones de por qué quería entrevistar a mi secuestrador, mi padre guardó un rato silencio, luego me sonrió muy tiernamente y me dijo: «Hija: si usted no entiende algo de lo que hace alguien más, si no entiende en este caso «el mal» es porque usted no lo tiene en su sistema (mi padre siempre nos habló de usted, ¡jajaja!) y si se empeña en querer «comprender esas mentes», puede terminar metiéndose en unos territorios que ni son suyos ni son buenos… quien hace el mal puede que tenga sus motivos, pero usted sólo cuídese de nunca tener motivos para hacer el mal». Tercera lección de vida: No hagas daño intencionalmente a nadie (y si alguna vez dañas, habla y repara en la medida de lo posible) porque la propia consciencia es lo único que está a tu alcance para mejorar –o al menos no empeorar– el pedacito de mundo y de vida que te toca vivir y tocar… 

 

Así que eso: Hoy quise presentarles a mi padre, a propósito de «la prueba» por la que sus (muchas) lecciones de vida me están ayudando a atravesar. 

 

Mi padre escribió De amor paternal el 20 de junio de 1986, donde cierra diciendo: «Cómo quisiera ser sabio para aconsejarte… quisiera abrir mi pecho para cobijarte y así, mi paternal amor demostrarte”.

 

Hasta la estrella donde estás ahora, don Jacob, padre: ¡mil gracias por tanto! Te amo siempre y te recuerdo a diario.