Mi apoderado Antonio
El juez de Plaza llama al centro del patio de cuadrillas. Un hombre de estatura mediana calado con el traje cruzado y la corbata gris avanza para sacar un microscópico papelillo de liar bajo un sombrero de ala ancha encasquetado a una tejana negra. La mano izquierda no suelta el Cohiba mientras que con los dedos sobrantes y la diestra desenrolla poco a poco el arroz para encontrarse con el número 24 seguido del 5. Sonríe: era el lote deseado para su poderdante.
Apretones de manos y parabienes mientras sube el túnel. Una gachí de pico colorado lo intercepta para obligarlo a sacar una entrada de barrera para la corrida vespertina. Hubo méritos para desembolsar. El Cadillac azul arranca y Antonio echa la vista a perderse entre el mar de anuncios y concreto que inunda la Ciudad de los Palacios: Qué diferente la vida en la urbe a la pasmosidad de la provincia. San Jun Acatempan le parece ínfimo con sus dos calles y sus tres familias. Una de las cuales proviene Manuel Robles.
Cuando Manuel le dijo que quería ser torero, un temblor recorrió su cuerpo: el contraste entre la emoción que provoca un joven decidido y el miedo de poderlo guiar por este ambiente de egos y vanidades superfluas. Le dijo que sí. Se encomendó a San Ignacio y nació en él un sentido de paternidad caduca y a la vez sin fecha de vencimiento.
Cinco años y un poco más de tres meses de apoderamiento. Manuel ya no riñe con la disciplina ni con el codilleo. Las advertencias sobre las féminas, postulados de Camará, lo guían: “Nada de mujeres. Las mujeres te hacen amar la vida”. Manuel sólo piensa en el toreo y tan bueno es su desempeño en los ruedos que a pulso se ganó la inclusión en el cartel de hoy. Esperada confirmación de alternativa.
Pasado el preticor de su nostalgia, Antonio llega a la habitación ubicada en el último piso del Presidente Intercontinental. Manuel lo esperaba mientras Juanito, su mozo de espadas, terminaba de atarle los machos al palo de rosa y oro que hoy estrena. “¿Cómo viene lo de Valparaíso?”, pregunta el matador. Antonio le contesta que aparejado y que el lote que les tocó en suerte va a jalar.
Flashes y algarabía a la salida del hotel. Enciende de nuevo el Cadillac y cruza las avenidas principales mientras que Manuel y Antonio se hacen presa del silencio: un vínculo magnético de zozobra y miedo los une. La monumental ya no es la plaza de trancas de algún pueblo ni el lienzo charro carente de enfermería. Van a la que da y quita. Arriban por Insurgentes Sur y el coche se abre paso entre el mar de aficionados deseosos de ver al hombre vestido de príncipe presto a enfrentar su destino. Antonio no se cambia por nadie: su aura de negociante, maestro, papá postizo, truhan y catequista reunida en el perfil de apoderado vale la pena.

