Migración en los 50
Jesús Domínguez Cardiel
En el mediodía de la centuria pasada se dio un fenómeno en el que muchas familias migraron a la capital del país, el cual estuvo enmarcado en el periodo denominado como el Milagro Mexicano.
Se le ha nombrado así, porque la nación tuvo un repunte en cuanto a lo económico y se posicionó como un país en crecimiento, obviamente después de un periodo de guerra, pérdidas de vidas, enconos religiosos, problemas de salud y prácticamente complicaciones en todos los ámbitos.
Al respecto, una familia zacatecana compuesta por el padre, oriundo de la comunidad La Escondida, la madre, de San Pedro Piedra Gorda y dos hijos y una hija, pero con una bebé en camino, emprendieron en 1957 su viaje a la capital.
La idea era progresar, encontrar mejores condiciones de vida, pues aún pervivía la idea de tener los hijos que Dios mandara, pero, en Zacatecas no había los escenarios de trabajo adecuados.
La pareja se conoció en la colonia Lomas de la Soledad de la ciudad de Zacatecas, debido a que en primera instancia dejaron sus lugares de origen por la misma situación de mejorar sus condiciones de vida. Comenzaron su noviazgo y al tiempo formaron la citada estirpe.
En 1957 a su llegada al entonces Distrito Federal, rentaron un espacio en una vecindad, por supuesto, “fiado”, como se decía. El padre consiguió trabajo en una fábrica de muebles de oficina, pero no como ebanista, sino como vigilante y checador de las llegadas y salidas de los empleados.
Por supuesto, y de acuerdo a la usanza de la época, la madre se quedó en casa a cuidar la descendencia, aunque conviene resaltar que no permaneció cruzada de brazos, porque como era de suponerse, con el sueldo fijo no era suficiente, así que tuvo una tienda en el mercado de La Granada que se llamó “La Negra”.
El supuesto progreso no era tal, porque al tiempo, el padre perdió el trabajo y tuvo que buscar nuevamente, como no había internet o medios de comunicación que informaran sobre empleos, recorrió muchas calles de aquel México de los 60 hasta que encontró trabajo en otra fábrica, pero ahora de fundición de metales.
La madre continuaba con la tienda, pero era más difícil atender, pues no siempre vivieron en la misma casa, ya que se mudaron a un taller con un espacio habitacional al fondo, posteriormente, a unos departamentos; ya no había tienda, regresaron a la vecindad y de ahí se fueron a un pueblo en el Estado de México; se alejaban de la capital. En un último intento se trasladaron con otra familia, pero como versa el refrán, “el casado casa quiere” y aunque el trabajo del padre se mantenía, tuvieron que regresar a Zacatecas.
El año de 1977 marca el final del sueño de la capital, pues ya no se pudieron sostener y la pareja regresó con tres hijos y cuatro hijas en soltería, quedando tres más en la gran ciudad ya con matrimonio.
Finalmente, así como esta familia migró de su lugar de origen y tuvo que regresar, esto les sucedió a muchas otras, sin embargo, también existe el lado opuesto, pues generaciones encontraron, si no el progreso, sí el asentamiento definitivo en la capirucha.

