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Un diálogo en el más allá: el despertar de Rodolfo Rodríguez
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Un diálogo en el más allá: el despertar de Rodolfo Rodríguez

Carlos Saucedo Medrano 

curromedrano05@gmail.com

De entre la oscuridad, una luz verde se abrió camino hasta llegar a la nada. Más tarde, otra luminosidad de diverso tono se posó a su vera y permanecieron ahí un tiempo. Poco a poco la incandescencia tomó la forma de un humano: cabello canoso, hondas arrugas en el rostro; extremidades apenas comparables con las de una parca y un abdomen ligeramente abultado: era Rodolfo Rodríguez quien despertaba del letargo.

El otro punto brillante no transmutó. Se quedó fijo frente a Rodolfo y le dijo: “este lugar ha sido el sitio donde tu alma reposa desde que un orden superior decidió que estuvieses aquí, sin embargo, ese mismo orden hizo que despertaras para así poder observar el estado actual del mundo donde habitabas”. Dicho esto, el punto de luz comenzó a arremolinarse en sí mismo y formó una ventana.

Un vaho suave emanado del más añejo de los charutos se exhaló de la boca de Rodolfo. No comenzaba aún el paseo por su mundo y ya presagiaba el contenido del mismo: todo iba en picada. “Prefiero no regresar, mano. Seguro que tanto chalaó le está dando en la femoral a mi patria. Cuando llegué aquí, mi Tlaxcala padecía los estragos del atraso y mi México era arrastrado por el Chon Llagañas de la incompetencia. Así dejémoslo”.

El punto brillante paró. Su voz grave invitaba de nuevo a pasear al veterano coleta con aires místicos, pero este se negaba. No aguantando más la negativa de Rodolfo, la voz sentenció: “Tu mundo, el mundo de los toros, agoniza. Cada vez hay más políticos de ocasión que se quieren valer de él para distraer la atención, incluso existen juristas que, no conformes con la densidad de algunos casos urgentes, prefieren atacar a la tauromaquia con sentencias absurdas. Aquel orden superior del que te hablé, exige tu regreso. No vas a reencarnar, eso es obvio, sólo te posaras en el ser de quienes viven y se apasionan con el toreo tanto como tú lo hiciste. Así inundarás su corazón de valor para afrontar la batalla contra la ignorancia. Tú ganaste y padeciste la guerra, hoy faltan guerreros”.

Rodríguez se quitó su cachucha torera y se desabrochó su paliacate. Perdía la mirada en esa nada nebulosa y levantando el mentón, con aires ascéticos, reviró: “Mi tiempo ha pasado y el mayor impulso que pudiese brindar existe en mi obra terrenal: mis trincherazos que, todavía, le enchinan la piel a alguno; mi vida de novela y el suave andar que imprimía a cada paso, allá quedaron. La guerra que mencionas está hecha para los hombres de hoy. Dile a tu ser superior que aquí estoy bien, que no deje de suministrarme puros y alcohol, total, aquí no me hacen daño. Ah, otra cosa: que no deje de levantarme cuando uno de los míos, purépecha, hidrocálido o tlaxcalteca, vaya y pegue un campanazo en las primeras plazas del mundo, esas en las que no pude trenzar el paseillo”.

Una última bocana de humo fue exhalada en Rodriguez y así regresó a su forma original para volverse a perder entre la oscuridad. El otro punto brillante cogió la dirección del mundo taurino en busca de un receptor del mensaje.