Un emblema de la muerte en Nueva España
Rara Avis: letras, arte y cultura novohispanas
Las representaciones de la Muerte en la Nueva España fueron amplias, constantes y con un proceso de larga duración. Sus formalizaciones responden a toda una tradición medieval, con la inclusión de contenidos de época, según referentes en determinados periodos. Se trata, quizá, de las imaginerías con mayor número de producción, visibilizado en pinturas, emblemas, sermones, poemas, por mencionar sólo algunos casos.
Para el caso del barroco, entendido como lo propone Maravall cual un periodo de asimilaciones culturales, la representación de la Muerte se especificó ante la encrucijada del “Engaño-Desengaño”. Tal concepto, de manera muy amplia, se puede entender como una visión filosófica, en la que el traspaso de espacios metafísicos significaba el quitar el velo para visibilizar una especie de éter de eternidad, es decir, una verdad anclada ante el vacío de las banalidades o entes materiales que desviaban el sentido espiritual. De allí que los temas fueran en torno a la fugacidad de la vida o bien la instantánea hermosura de la rosa, cual metáfora de la belleza, nunca eterna. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los temas del barroco por excelencia en donde muchas obras, como por ejemplo El gran teatro del mundo de Pedro Calderón de la Barca, manifestaron esa idea en aras de consolidar y refrendar la escala de valores perennes ante los instantáneos, meramente mundanos.
Ante este concepto, el tema de la Muerte fue entendido, más que un vacío o espacio negativo, como un traspaso benéfico, normalmente cifrado ante el mote Ubi est, mors, victoria tua? Comprende un gran número de representaciones, en donde la vida es un engaño y, por ende, el morir es dar cuenta de un nuevo espacio luminoso, entendido como el empíreo inmóvil, si se tiene en cuenta la disposición geocéntrica en las escalas y esferas celestiales. Por ello, se encontrarán una serie de representaciones mortuorias cadavéricas, en un acto igualitario, dado que no escapaba de ello los nobles o los monarcas.
Un ejemplo claro es el emblema que propone Isidro de Sariñana en el túmulo a Felipe IV, por la Real Audiencia de México dispuesto en la Catedral Metropolitana. La descripción y el grabado se encuentran en el libro de exequias Llanto del Occidente…, publicado en 1666. Ahí, se propone en la pictura al rey en tres proposiciones, con el entendido de los tres reinos. En la parte inferior izquierda, la tumba de “El Grande” con su cuerpo totalmente cadavérico, bajo el mote de Nihil, que significa “nada”. En frente, el rey con sus insignias reales, cetro, espada y corona, sentado en el trono, dando pie a esa doble interpretación del cuerpo regio, según Kantorowicz. El mote indica Magnus o “El Grande”, dando a entender que la corona jamás fallece, el poder es perenne y se transfigura con quien porta las insignias. Finalmente, en el empíreo inmóvil, la verdadera corona con el mote Maior, “Mayor”, lugar verdadero y la potestad máxima en los espacios metafísicos. El poema refuerza que la virtud recae en el “Mayor”, gran trono en el Cielo.


