Una pintura de San Hipólito por la conquista de México
Rara avis: Letras, arte y cultura novohispanas
Salvador Lira
Los procesos de consolidación de identidad y arraigo durante el periodo virreinal en gran medida se fundamentaron de un imaginario consolidado en el santoral y en las imágenes devocionales a María o Jesús. De hecho, gran parte de las representaciones pictóricas que se consolidaron sobre todo para el siglo XVI fue la de santos guerreros –dejando para otra ocasión los otros casos mencionados– que, por su supuesta intercesión, apoyaron a la anexión de los reinos católicos en las Américas. De allí la importancia de imágenes como Santo Santiago Apóstol y sus múltiples reinterpretaciones a lo largo del norte de la Nueva España.
No obstante, la imagen crucial para el caso de la México – Tenochtitlán fue la de San Hipólito. Su utilización se debió en principio a que la caída definitiva del Imperio Azteca se dio el 13 de agosto, conmemoración del santo. A partir de aquí, a manera de recuerdo y legitimación del nuevo orden, se realizó año con año una solemnidad regiopolítica bajo el concepto del sistema de representación real, encabezado con la imagen de tal mártir.
Así, se realizaron múltiples representaciones tanto literarias, como artísticas. Referente al proceso de equiparación de contextos e intenciones destaca la pintura Martirio de San Hipólito con Cortés de donante. Se encuentra en el Museo del Castillo de Chapultepec. Se trata de una pintura al óleo de 113.8 cm por 83.3 cm, de autor de momento desconocido. Por sus características, es posible que haya sido manufacturado hacia el siglo XVII.
La obra tiene en perspectiva tres planos protagónicos. En el plano de fondo, se observa la recreación del espacio romano. La intención es dar una separación entre el plano de la ciudad y su periferia, en donde es en este último en el que, según la biografía del santo, se llevó a cabo su martirio. El segundo plano es justo la tortura y muerte de San Hipólito. Está de cabeza, orando y lo están tirando los caballos. A pesar del castigo, su semblante es de devoción y santidad. Finalmente, resalta la figura de Hernán Cortés de modo orante. Está vestido como caballero. No porta sus armas, sino que se encuentran a un costado por signo de respeto. Con ello, se observa una equiparación y ofrenda, en la idea de intercesión y apoyo a los favores por la anexión y conquista del Imperio Azteca a los reinos católicos.


