Virtudes Políticas al Arzobispo Rubio y Salinas
Rara Avis: Letras, Arte y Cultura Novohispanas
Salvador Lira
Como ya otros autores han señalado (como Víctor Mínguez, Miguel Morales Folguera o Fernando R. de la Flor, por mencionar algunos), la cultura emblemática tuvo un clímax durante la Edad Moderna. Su ocaso fue durante el traspaso a lo que se considera la Edad Contemporánea. Sin embargo, su tránsito no fue un cierre abrupto, sino de manera paulatina, con cambios de valores.
Por supuesto, las formas artísticas fueron las primeras en experimentar diferencias, dado que se pasó de estilos enmarcados en el abigarramiento, con ideas por autores situados en el Siglo de Oro, a las Neoclásicos, con la recuperación de características grecolatinas. No obstante, otro de los elementos cruciales -que quizá sea menester un estudio más profundo- fue el cambio de representaciones políticas. Esto es, que mientras para el siglo XVII era común generar una alegoría del soberano con Hércules, Júpiter o Marte, para el XVIII poco a poco se transitó por emparentarlo con “virtudes políticas”, explícitamente como con la Justicia, la Prudencia o la Templanza. No quiere decir que no se hiciera un símil con estas visiones previamente, antes lo que sucedió fue alejar la “máscara del ser mitológico”, por ejemplo Hércules con la Fortaleza, para enunciarlo únicamente así, con la virtud.
Un caso de ello son las exequias al arzobispo Rubio y Salinas. Dentro de su túmulo realizado dentro de la Catedral Metropolitana de México, se expuso una serie de emblemas con las inscripciones de la Justicia (con la imagen de la Balanza), la Prudencia (con la Serpiente), la Templanza (con un freno) y la Fortaleza (con una columna). La conjunción se establece con una serie de versos, latinos y castellanos, que hablan de la virtud, sin expresar alegorías o conceptos elaborados, como los que se plantearon un siglo anterior. Nótese el soneto de la Fortaleza:
Esa que viste pompa tan sagrada,
con que fuera del mundo conducido
tras de un viaje fatal ha conseguido
el dulce puerto de la Patria amada.
Ese túmulo triste, en que postrada
la vida más amable y reducido
cuanto el mundo admiró de más lucido
en polvo yace, en humo, en sombra, en nada.
Vio llegar con valor tranquilamente,
y de la muerte y la Urna los azares
no pudieron turbar su noble frente.
Sintió apagar sus dotes singulares
átropos misma, él calla heroicamente
aprended a morir, almas vulgares.
Con todo, aunque el proceso de traslación fue evidente, siguió una reflexión y presencia de formas dentro de la tradición. El ejemplo más lúcido es el verso octavo, en plena referencia a un soneto de Sor Juana Inés de la Cruz y su retrato.


