“Vivir sin torear no es vivir”
Orejas y rabo
Carlos Saucedo Medrano
curromedrano05@gmail.com
Lucas Zamacona amaneció con dolores de cabeza y un fuerte reflujo estomacal. Anoche, por más que intentó llevar embebida a Cleotilde mostrando el engaño a media altura (<<sin forzarla>> dirían los revisteros taurinos) no pudo contener la ira de sus celos. La zarandeada fue espeluznante. Con todo y los dolores, Lucas se creció al castigo y así salió a trabajar. El gachó ojo alegre bordaría otro paseíllo.
Al bajar del taxi marcado con el número 245, Lucas se ciñó la maneta de la puerta a la cintura para luego girar la cabeza al cielo, en modo desplante, mientras se decía en sus adentros “ahí queda eso” y el regordete chofer le seguía con la mirada incrédula. Hacía tiempo que Zamacona no se podía pasar por la faja las cornamentas, sólo quedaban las chapas y algunas hojas de máquina tamaño oficio.
Lorena, la alta y rubia secretaria de don Ignacio, lo saludó al llegar al complejo. Antes advirtió el pañuelo de bolsillo en la americana de Lucas: aquel estampado floreado no habla ni las cajas de archivo que yacen en el sótano. “¿Dejarse escuchar los tres avisos? ¡Eso nunca!”, sentenciaba el flamante burócrata, anteproyecto de torero. La jabonera no le fue indiferente desde que el canoso Ignacio le ofreció trabajo como servidor público.
El subsecretario de Comunicaciones no olvidó aquel brindis que Zamacona le hiciera siendo novillero en la coqueta plaza de Puerto Vallarta: instalarlo en la dependencia federal luego de muchos años en la guerra no fue difícil. Lo complicado vendría para Lucas: los avíos jamás le llegaron a pesar tanto como la monotonía del empleo. “Un trabajo significaba prisión, límite, horario y [él] deseaba seguir disfrutando, sin medida, la parte del mundo libre y ancho que le pertenecía”, dice un pasaje de su libro favorito, su biblia taurina redactada por un periodista.
Cinco meses ya de su “debut con picadores” en el alto edificio contiguo al sur de la avenida Insurgentes. Zamacona es hábil con el lenguaje y expresarse no le cuesta. Tampoco a su jefe inmediato, Enrique López, quien, con guasa, le ordena no incluir mucho texto en las láminas que va a proyectar: “déjame esas diapositivas crudas en el caballo, luego de tanto renglón no se van a mover”. Zamacona anotaba lo justo a manera de visitas de doctor.
En el ocaso de la tarde, Lucas camina a la estación Chilpancingo para regresar al departamento que renta y que con toda seguridad ya abandonó Cleotilde. El rostro cabizbajo pega con la mirada el gris del concreto con lo gris de su subsistir. Aparcar la aspiración de los momentos de gloria por la seca estabilidad lo pone a pensar. El saber vivir que le provocó su andar de torero está moribundo en sus entrañas.
Hace rato ya que Lucas dejó de sentirse vivo, incluso antes de dormir, un sonido irrumpe en su mente: el tiro de mulillas mueve sus cascabeles en busca del vacío Zamacona.

