El día después de Morante
Carlos Saucedo Medrano
Las calles de Sevilla se agolparon de gozosos aficionados que, en volandas, llevaban a su ídolo; acercado por los hombros de su cuadrilla al cénit de los dioses. Se paró el tráfico, los oficinistas interrumpieron sus deberes y los comensales de los cafés pausaron sus charlas para admirar la procesión morantista. ¿Quién es ese hombre de traje azul? Se preguntó más de un neófito.
José Antonio Morante de la Puebla cortó un rabo en Sevilla después de 52 años. Con esto se convirtió en el matador más importante de nuestros tiempos e hizo que la tauromaquia se reivindicara para colocarla en el centro de las bellas artes. Los grandes medios de comunicación voltearon a ver al toreo por un día y el ocultamiento dio paso al pregonero de la buena nueva.
Su faena al toro Ligerito, de la ganadería de Domingo Hernández, estuvo cargada de pasajes de incalculable belleza, sobre todo con el capote: la cabeza sumida en una tanda de verónicas; el torso acompañando los vuelos de unas magníficas tafalleras y la pierna de salida que cargó las gaoneras ya prologaron la obra cumbre del genio. Más de uno pensó que si iba por la espada en ese instante, el delirio se podría fraguar.
Pero faltaba más: la hondura de los derechazos dejando una vida de autenticidad en cada pase. Soberbios naturales como crisol de los grandes artistas del toreo para así rubricar con una estocada cuya ejecución tuvo gran verdad. Los máximos trofeos fueron a dar a las manos de Morante y el curso de la historia del toreo cambió.
La mañana del primer día -el primer día después de Morante- los aficionados a las corridas de toros hicimos antesala en un club de alpinistas. Con gritos les cuestionamos: ¿Qué hacen cuando bajan de la cima? ¿A dónde van ahora? ¿Cómo viven?
Otros tantos no tuvieron empacho en tocar las puertas de los catedráticos de Literatura y Filosofía; la desesperación por el enigma existencial de ubicarse en el desiderátum no tenía comparación. Un docente recetó Las intermitencias de la muerte de Saramago a algunos de ellos y se los quitó de encima.
Sosegado el marasmo, paró el torrente de preguntas. Hasta el toreo de cante grande tiene paliativos naturales contra el fantasma moderno de la ansiedad. Morante se colocó en otro nivel y nos hizo parte.
Se retomó la vida como quien continúa arando la tierra en tarde soleada o aquel que suelta teclazos en su ordenador: con absoluta normalidad; pero sin la consigna vulgar del hacer por hacer, sino el sublime sentimiento de felicidad en nuestros corazones, ese que le da razón de ser a nuestro paso terrenal.
¡Viva Morante de la Puebla!

